miércoles 23 de septiembre de 2009
Instrucciones para cumplir 37 años
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Marcelo Lacanna
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martes 1 de septiembre de 2009
Preguntas, respuestas y un sueño de la infancia
Mi abuela vivía en unas de esas casas que eran muchas casas, una detrás de la otra, en las que vivían mi abuela y un par de sus hermanas. Y los hijos de una de estas hermanas: mis primos Fabián y Mónica, que me llevaban nueve y doce años, de quienes ya he hablado aquí alguna vez, y quienes me han dado a Mozart, a Serrat, a Beethoven, a Enrique Jardiel Poncela, a Umberto Eco, y un libro de un tal Alejandro Dolina.
Los sábados a la noche, se llevaba a cabo un rito fascinante, del que yo era un mero –pero entusiasta- observador. Después de cenar, y cuando los grandes se iban a dormir, llegaban amigos de mis primos, con cervezas y cositas para picar. Y se ponían a jugar. En esa época no había PlayStation, ni Wii, ni la huevada del Facebook con sus BainBuddies o la guerra de pandillas, así que se ponían a jugar al TEG, al diccionario, al tutti-frutti, al Escrábel. Y jugaban hasta el amanecer, y se reían, y se puteaban, y se sacaban los ojos, y se volvían a reír. Y se divertían mucho.
Y yo los miraba, queriendo ser, alguna vez, como ellos. Yo no participaba activamente; si bien era bastante listillo para la edad que tenía en ese momento, ellos eran monstruos, asesinos profesionales, los thugs del Escrábel, los ninjas del tutti-frutti.
Yo los veía reír y divertirse como chanchos, y pensaba: “cuando sea grande, ¡yo quiero esto!”.
Nunca tuve demasiada suerte con eso. Durante años me he gastado fortunas comprando TEGs, Pictionaries, Carreras de Mente y Trivial Pursuits, pero ya se sabe lo difícil que es encontrar a seis u ocho personas dispuestas a juntarse a perder el tiempo jugando a las preguntas y respuestas con un tablero de cartón, fichas de plástico y preguntas impresas en tarjetitas de cartulina, habiendo cosas mucho más interesantes para hacer, como resolver el test de Facebook que te dice qué canción de Los Piojos te identifica según tu personalidad (si la tuvieres, claro). O el mammmbo rrrrrecopado de las galletitas de la fortuna, por ejemplo.
He tenido algunos intentos. No me he dado por vencido fácilmente. Allá por el año 1990, con el señor Héctor García Blanco, director de la revista Sex Humor, armábamos noches de Pictionary con su grupo de amigotes de la infancia, habiendo formado una dupla (HGB y yo) que hasta el día de hoy se mantiene invicta. Pero no duró mucho: el grupo se dispersó pronto, ya no recuerdo por qué. Y se dispersó en buena hora, porque la dupla invencible ya estaba ganando demasiado, llegando incluso a levantar sospechas acerca de su honestidad, y el resto de los participantes ya amenazaba con modificar las reglas del juego e iban a terminar obligándonos a dibujar utilizando el lápiz de una forma muy contra natura.
El sábado pasado, en esa noche que será recordada por años como aquella "noche de verano" del invierno del 2009, asistí a nuestra cena de todos los sábados, con mis amigotes más queridos. Y haciéndome el boludo, llevé un juego de preguntas y respuestas. Sólo para ver qué onda…
En una noche de ensueño, después de un asado exquisito, nos quedamos horas en la terraza tomando vino, champagne y Glenlivet, respondiendo preguntas en parejas, mientras nos reíamos, nos burlábamos, nos sacábamos los ojos y… ¡y nos ayudábamos, aún entre parejas contrarias!
Esas tres duplas conformaban un solo equipo invencible, porque estábamos jugando. Todos éramos invencibles, aunque por un momento fingiéramos jugar unos contra otros. Porque estábamos disfrutando del juego.
Yo, sin duda alguna, fui el que más disfruté. No tanto por el hecho de que con mi ocasional compañera de equipo, la señorita Laura Cesario, les hayamos roto bien el culo a los otros perejiles. Eso fue completamente anecdótico.
Yo estaba muy feliz, además, por otro motivo.
Mis amigos tal vez hayan creído que fue por el Glenlivet.
Pero ahora cuando lean esto sabrán que yo –además- había estado cumpliendo un sueño que tenía desde chiquito.
Lo que no es poco, para un huevón que está a punto de cumplir 37.
Buenas noches.
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Marcelo Lacanna
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viernes 28 de agosto de 2009
CONOCIÉNDONOS
Cuando una nueva mujer entra en nuestra vida, junto con la excitación y la alegría del caso, se desarrolla un descubrimiento mutuo; un conocimiento recíproco de gustos, costumbres, caprichitos, pequeñas manías de uno y del otro… Ya he escrito alguna vez sobre este tema, hace cosa de un año, más o menos, con ejemplos sobre cómo una sutil diferencia de criterios en cuanto al correcto accionamiento del tubo de dentífrico (empujando el contenido de atrás hacia adelante o apretando el tubo por el medio) provocaba risas, chistes, besos e inspiración para escribir una simpática nota en un blog.
Desde hace unas semanas, tengo una nueva chica que viene a limpiar mi casa. Y estamos en plena etapa de conocimiento mutuo.
Vale acá una aclaración: trabajo en mi casa, por lo que paso el 90% de mi tiempo en estos dos ambientes. A diferencia de quienes tienen un trabajo serio y dejan su casa por la mañana temprano para regresar por la noche y encontrar su hogar más o menos intacto, yo estoy todo el tiempo en mi casa, generando mugre de forma inevitable. Por esta razón necesito de los servicios de una profesional de la limpieza doméstica unas dos veces por semana, unas tres horas por vez. Viene los viernes, cosa de dejar la casa limpita por si se llegara a dar el caso de que tuviera que recibir a una señorita durante el fin de semana, y los lunes, básicamente para limpiar la cocina luego de algún experimento culinario fallido llevado a cabo por mí durante el fin de semana, y alguna que otra boludez más, ya que a este departamento no entra una señorita más o menos desde que me mudé.
Históricamente, esta buena mujer ha sido “la Mary”. Una señora madura, experimentada y canchera. No me hablaba más de lo necesario (recuérdese que yo estoy trabajando, aunque parezca que estuviera respondiendo quizzes en el Facebook), hacía todo sin preguntar, sabía dónde iba cada cosa, y hasta me preparaba té y me traía unas tortitas saladas que hacía ella en su casa. Una relación idílica, digamos.
Pero ya se sabe que nada es para siempre, y hará cosa de un mes y pico tuvo un accidente y no puede trabajar por un buen rato, así que me vi obligado a salir en la búsqueda de una nueva candidata que supliera a la Mary.
Y así es como nos estamos conociendo con Nilda, una muchacha de edad indescifrable recomendada por doña Cuarto “B”.
La primera ventaja, el primer punto a su favor es que no habla. Eso es bueno, como ya he dicho. Pero su principal desventaja, su primer punto en contra, es que no habla. No habla nada. No me saluda cuando le bajo a abrir, no me habla en todo el día, no me habla cuando le pago, no me habla cuando bajo a abrirle para despedirla. Ni me pregunta nada.
El primer día que vino, yo, todo amabilidad y consideración, le advertí: “Mirá, vos cualquier cosa que necesites me preguntás, ¿sí?
No me dijo nada.
Pero lo que está complicando seriamente la relación es su creatividad, su libre albedrío, al momento de decidir dónde va cada cosa.
Me guarda el cepillo de dientes en el mueblecito del baño; ése mueblecito donde guardo el gel, el spray para el pelo y ésas cosas que no uso desde 1987. Se va Nilda, voy a cepillarme los dientes después de tomarme un café, manoteo automáticamente en busca del cepillo de dientes y… no está. Me agacho, abro la puerta del mueblecito puteando a Nilda y allí está el cepillo de dientes, al fondo de todo, en un rincón, junto a la colonia Pibes, remedios vencidos en la presidencia de Alfonsín, y un lubricante íntimo que vaya uno a saber cómo llegó allí y que, en caso de usarse, podría provocar una reacción adversa sólo remediable mediante la ablación de algún órgano.
Será que esta muchacha considerará el cepillo de dientes como un objeto de uso ocasional, no sé.
Tengo dos mesitas de luz, una a cada lado de la cama, y en una de esas mesitas tengo los perfumes. Nilda va y me los guarda en el placard. Y lo hace siempre. Las dos veces por semana que viene desde hace ya no sé cuántas semanas. Se ve que hasta el momento no llego a deducir que el dejar los perfumes allí no es un descuido mío. No sé qué pensará para sus adentros: “¡Ay, este muchacho! ¡Qué desprolijo! ¡Se ve que anoche se puso TODOS estos perfumes y los dejó ahí tirados! ¡Se los voy a guardar!”
El otro día voy a sacar un plato de la alacena que está montada sobre la pared, arriba de la mesada. Agarro el borde del plato, tiro hacia mí y… ¡fiuuuuum! De la parte superior del plato se desprende un platito más chiquito, un platito para taza de té, que sale volando y se estrella contra los azulejos de la pared.
A ver… Si uno no puede ver el fondo del último plato por encontrarse este último plato muy por encima de la línea de visión de cualquier persona que mida menos de 2,10 m., resulta poco sabio poner encima del último plato un platito más chico. ¡Es imposible verlo!
Esta mañana me estaba bañando semidormido y manoteé el champú. Un buen rato después me di cuenta de que, en algún momento, mi ex (Mary) había usado un frasco de champú vacío, viejo y sin etiqueta, para poner allí acondicionador para la ropa. Me di cuenta también de que mi actual (Nilda) encontró ese frasco en el lavaderito del fondo y pensó: “esto acá no va”.
Eso sí: el pelo me quedó chuavechito chuavechito.
PD: Por supuesto, el dentífrico se aprieta desde atrás hacia adelante.
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Marcelo Lacanna
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miércoles 19 de agosto de 2009
RECOMENDACIÓN DEL 98% DE UN LIBRO, Y SIN HABERLO LEÍDO
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Marcelo Lacanna
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