miércoles, 24 de julio de 2013

Introducción al esquí (y rápida salida del mismo)

Después de seis meses de haber abandonado mi promisoria carrera en el boxeo amateur, luego de mi única pelea contra una soga de saltar que terminara en mi derrota por knockout en el primer salto, mis inquietos y aún jóvenes músculos comenzaron a pedir por algo de acción, algo de movimiento, algo que los alejara al menos un poco de la atrofia a la que parecen estar condenados desde mi adolescencia.

Y fue así como me convertí en esquiador.

Bueno, no. No fue tan así de simple. Mi incursión en el esquí fue el producto de un arduo proceso de decisión, de preparación mental y física, y de una no menor inversión financiera.

Déjenme explicarlo mejor.

A diferencia del boxeo, disciplina deportiva sobre la que sí tenía un vasto conocimiento teórico gracias al sistemático estudio de las películas "Rocky", "Rocky II, "Rocky III", "Rocky IV", "Rocky V" y "Rocky Balboa", sobre el esquí no tenía más información que la que pude haber absorbido haciendo zapping con el control remoto, buscando algo interesante en la televisión. Uno va cambiando de canal dedicándole medio segundo a cada uno, identificando la temática de cada programa, hasta que se topa con algo que le interese: megaconstruccio… no, click; cómo cambia el look de una mina cuando la visten bie… no, click; la señal se encuentra momentáneamente suspend… no, click; un programa sobre esquí, no, click; cadena nacio… no, click… Y así.

En consecuencia, todo lo que he absorbido sobre el esquí se limita a una sucesión de imágenes inconexas, incompletas y esparcidas en el tiempo, que deben sumar, a lo largo de toda mi vida, unos 35 segundos -fotograma más, fotograma menos-, lo que ubica mi conocimiento sobre este deporte apenas por debajo de mi sapiencia sobre cirugía de ojos, que es otra de las cosas que uno pasa rapidito y casi sin mirar cuando se está haciendo zapping.

Pero resulta que desde hace casi cuatro meses vivo en Santiago, Chile, donde -según parece- el esquí es el deporte nacional. Las montañas están ahí nomás, a unos minutos de viaje. La gente dice: "Me voy a esquiar, po", como quien dice: "Me voy a hacer un asado". Todos mis compañeros de trabajo llegan a la oficina los lunes y hablan con entusiasmo sobre todo el esquí que hicieron durante el fin de semana, hablando de velocidades alcanzadas, kilómetros recorridos, maniobras arriesgadas, y hasta de algunas caídas aparentemente muy graciosas, porque todos ríen, se congratulan y se palmean las espaldas, dando a entender que la pasaron fenómeno. Cuando me preguntan a mí por mi fin de semana, y yo respondo que me quedé encerrado en mi departamento leyendo una Condorito, rápidamente la improvisada reunión se disuelve y todos vuelven con semblante serio a sus puestos de trabajo sin congratularme ni palmearme la espalda, dejándome solo, bebiendo mi jugo de chirimoya.

Y fue así que luego de meditarlo mucho (o de haber bebido mucho, ahora no estoy tan seguro), fue que acepté la invitación de mi amigo Álvaro Rojas, quien el fin de semana pasado me sugirió la idea de ir a esquiar. Alguna vez tenía que intentarlo y, además, el hecho de que mi amigo Álvaro no fuera uno de mis compañeros de trabajo (sino que lo conocía de otro lado) resultaba una ventaja imbatible: en la puta vida iba yo a aceptar una invitación a esquiar por primera vez con mis compañeros de trabajo. Un tropezón, un movimiento en falso, una rodada torpe, el convertirme en el primer muñeco de nieve con genoma humano, cualquier cosa de esas habría provocado un nivel de burla y risas a mis espaldas que me obligaría a renunciar a mi empleo y buscarme la vida vendiendo sopaipillas en los semáforos de Santiago.

Sin embargo, lo primero que hay que saber es que el esquí no es una actividad que uno pueda comenzar de un día para el otro, producto de un capricho o de un súbito interés. No. Antes de aventurarse a la práctica del esquí se vuelve imprescindible una seria y sólida preparación. Una seria y sólida preparación académica, que le permita a uno obtener un buen empleo, prosperar, y luego de muchos años de trabajo aplicado poder llegar a ahorrar una pequeña fortuna, indispensable a la hora de afrontar los costos relacionados con la práctica del noble deporte de las nieves eternas.

En primer lugar hay que hacerse con el equipo necesario. Y todo de una vez. Porque el esquí no es uno de esos deportes que para probar si a uno le gusta alcanza con una inversión mínima, o nula. Si uno quiere iniciarse en otros deportes extremos como, por ejemplo, el "salir a correr", con un par de zapatillas baratas alcanza y sobra. Después, si ves que la cosa te gusta, te comprás unas zapatillas más caras, o una camiseta dry-fit, o una vincha, ponele. Si querés intentar con "hacer flexiones de brazos", lo mismo.

Pero con el esquí, no. Uno no puede decir: "bue, me ato dos tablas de madera a los pies y vamos viendo qué onda". No. Uno, antes de siquiera pisar un centro de esquí, tiene primero que apersonarse en un banco, solicitar un crédito, esperar a que se lo aprueben, y luego ir a comprar el "equipo de esquí", que es como el "equipo para viajar al espacio", pero más caro. Uno tiene que comprar esquíes, bastones de esquí, botas de esquí, pantalón de esquí, campera de esquí, antiparras de esquí, gorrito de esquí, guantes de esquí y otras cosas de esquí que, sumadas, terminan costando más o menos lo que un MBA en una universidad estadounidense.

Por supuesto, si uno no quiere comprarse todo ese equipo para su primera incursión en el esquí -no sea cosa que, más tarde, uno descubra que no le gusta-, también existe la posibilidad de ALQUILAR el equipo directamente en el centro de esquí, en cuyo caso todo termina resultando MÁS CARO.

Y una vez que te compraste todo eso, más te vale que te GUSTE el esquí, porque otro de los inconvenientes que tiene este deporte radica en que si descubrieras que el esquí no te gusta, o que no sos muy apto, todo ese equipamiento que compraste no te sirve para una mierda más que para, eventualmente, disfrazarte de esquiador en una fiesta de disfraces.

Porque, la verdad sea dicha, la ropa de esquí es básicamente incómoda. Con toda la ropa de esquí puesta uno tiene la misma libertad de movimientos que la de un astronauta, pero cuando todavía está amarrado al asiento del cohete y la cuenta regresiva va por el 3 o el 2.

Tomemos, por ejemplo, la "bota de esquí". La bota de esquí fue inventada en la Edad Media, aunque en ese entonces se la conocía como "bota de tortura". Tuvo gran éxito a fines del siglo XV, en los albores de la Inquisición Española, obteniendo más "confesiones" que otros instrumentos de tortura -como el garrote vil o la doncella de hierro- al provocar un dolor inenarrable en los pies de las víctimas. Con el tiempo fue cayendo en desuso, un poco porque los mismos inquisidores empezaron a pensar que tal vez se les estaba yendo la mano, y otro poco porque su colocación en los pies de los interrogados resultaba demasiado complicada, incluso hasta para el más avezado de los verdugos.

Tuvo un resurgimiento siglos después, cuando volvió a fabricarse y comercializarse como "bota de esquí", pero confeccionada con materiales más modernos, más caros y que -fundamentalmente- provocan un mayor sufrimiento por parte del usuario.

Pero, en fin… Ya le había dado mi palabra a mi amigo, así que luego de firmar unos cuantos papeles en el banco obtuve un crédito a una tasa razonable, que me permitió comprar mi equipo de esquí.

La cosa es que, con mi flamante equipo a cuestas, al llegar al centro de esquí se me comunicó que debía continuar con la erogación de dinero, esta vez para comprar los tickets o "pases", nombre que no por casualidad tiene relación con el consumo de la cocaína, toda vez que cada uno de estos "pases" tiene un precio similar al de un kilogramo de cocaína de máxima pureza.

De nada sirvió intentar explicarle al tipo de la entrada que yo sólo quería entrar a ver qué onda, que no creía posible que en mi primera visita a un centro de esquí decidiera tirarme con mis esquíes por la ladera del Aconcagua, el Everest, el Kilimanjaro, o como cuernos se llamara la montaña ésa a la que me llevaron), y que si no había descuento para discapacitados deportivos. Tampoco me sirvió el argumentar que la nieve es un fenómeno climatológico y, por lo tanto, DE TODOS, y que pretender enriquecerse cobrándole a uno por permitirle caerse en la nieve es casi tan poco ético como cobrar por permitir que uno chapotee en un charco de lluvia.

Por suerte, una rápida llamada a mi contador -quien a su vez llamó a mi banco- permitió que se me ampliara un poco más el crédito, y pude así hacerme de un "pase" que me abrió las puertas a las pistas de esquí, el uso de los andariveles, las aerosillas, los elevadores, las redes de contención y la música moderna que pasan por los altoparlantes del bar.

Cosas que, por supuesto, nunca usé. Bueno, la música sí, ponele.

Pero lo demás, no.

El primer inconveniente fue ponerme la bota. La primera. Estuve una hora, una hora y media, para lograr meter mi pie izquierdo en la primera bota, lidiando con media docena de cerrojos y llaves de seguridad, y con el hecho de que estaba metiendo mi pie izquierdo en la bota derecha. Pero entró. En medio del proceso, tuve la sospecha de que me había fracturado el metatarso, pero una vez que el pie había entrado, no podía permitirme el lujo de volver a sacarlo para certificar la fractura. Media hora después, ya me había puesto la segunda bota. Esta vez me llevó mucho menos tiempo, ya que -para acelerar el trámite- previamente tomé la precaución de pedir prestada una maza y martillarme el pie con todas mis fuerzas, rompiendo en muchos pequeños fragmentos los 26 huesos que lo conforman, maniobra que resultó de suma utilidad para ponerme la segunda bota sin tanta complicación.

Puestas las botas, puestos los esquíes, puestos los guantes, puestas las antiparras, ya estaba listo para lanzarme cuesta abajo.

Pero YA ESTABA cuesta abajo. Lo que tenía que hacer ahora -me indicó mi amigo Álvaro- era ir CUESTA ARRIBA, y dejar que la gravedad hiciera su trabajo, lo que al parecer encierra todo el encanto, la fascinación y lo divertido de este deporte. Mi amigo no consideró prudente subirme a una aerosilla y, una vez arriba, empujarme barranca abajo, así que me dijo:

-Mirá, para practicar un poco, andá un poco para allá… ¿Ves que allá está más altito que acá? Bueno, andá hasta allá y deslizate hasta acá de nuevo…

Allá estaba a unos tres metros de acá, pero unos cuantos centímetros más ARRIBA que acá. Eso implicaba que yo tenía que subir un plano inclinado cubierto de nieve, y con unos treinta kilogramos de equipamiento en mis pies, equipamiento que tiene como únicas dos funciones: a) que sea muy fácil volver de allá para acá, y b) que sea IMPOSIBLE ir de acá para allá sin volver acá a cada paso que uno intenta dar.

Es que para la práctica del esquí resulta muy útil (casi imprescindible, diría yo) contar con una buena tonicidad en los músculos botadeesquioideo y palodeesquioideo, que no son músculos que se encuentren en el cuerpo humano en su versión "base", sino que son músculos accesorios que se desarrollan con el tiempo, tras muchas clases de esquí, muchos "pases" y muchos cientos de dólares invertidos.

Así que, tras unos veinticinco minutos de caminar en el mismo lugar como quien camina sobre una cinta transportadora (pero con la incomodidad adicional de llevar instrumentos de tortura aferrados a los pies), soborné con los pocos pesos que me quedaban a dos chicos para que me empujaran hacia allá. Una vez allá, les pedí que me dieran vuelta y que me soltaran.

Y ahí sí… Como si lo hubiera hecho desde siempre, como si hubiera nacido para ello, como si mi cuerpo y la montaña fuésemos uno… esquié. Sentí el viento helándome el rostro, la adrenalina bombeando por mi organismo, la velocidad aumentando…

Por unos tres metros, más o menos. Hasta que llegué de regreso a acá y me detuve. Habrían sido tres metros, habrían pasado diez segundos y habría alcanzado una velocidad máxima de un kilómetro por hora. Pero había esquiado.

Ni por todo el oro del mundo… Digo más: ni aunque se ofrecieran a reembolsarme todo lo que llevaba gastado hasta ese momento pensaba yo volver a repetir todo ese tormento. Y además, ya estaban por cerrar el centro de esquí. Así que pensé: "Listo, ya esquié. A la mierda.", y me fui al barcito a tomar un café.

Ahí descubrí que tomarse un café en un centro de esquí resulta un poco más caro que alimentarse por una semana en un restorán de aeropuerto, pero eso no iba a empañar mi sensación de victoria, mi sentimiento de haber dominado a la Naturaleza, el saber que había esquiado…

Y de haber encontrado, una vez más, una excusa para que ustedes, irrespetuosos de mierda, se rían y se burlen de mí.

Creo que el esquí ha terminado para mí. El sólo pensar en volver a ponerme esas botas hacen más seductora la idea de intentar romper adoquines a patadas, con los pies desnudos.

Pero las montañas siguen allí, tan cerca. Y son tan hermosas…

Déjenme pensar un poco más el tema del andinismo y otro día volvemos a hablar.

viernes, 25 de enero de 2013

El Garañón Argentino (Semental sería demasiado)




No es verdad que, como dice el saber popular, todo lo que un hombre hace es para levantarse minas. Una parte, sí, puede ser. Pero no todo. 

El resto de las cosas que un hombre hace es por culpa del alcohol.

En esta segunda categoría es que podría yo encuadrar el hecho de que, hace ya un par de semanas, haya decidido comenzar la práctica de boxeo.

Fue durante un asado veraniego, en casa de unos amigos en las afueras de la ciudad, en un mediodía en el que el calor obligaba a cuidar la hidratación mediante la ingesta sostenida de vino tinto. 

Había una pileta, sí, es cierto. Pero de haber optado por refrescarme en la pileta en vez de tomar vino tinto con hielo, no habría comenzado yo la práctica de boxeo y no estaría escribiendo esto.

Y ahí estábamos, un grupo de tipos de entre cuarenta y cincuenta y pico de años, con nuestras novias y esposas, hablando al pedo, cuando uno de ellos –un amigo de un amigo mencionó que practicaba con regularidad “boxeo recreativo”.

 ¿Y eso qué vendría siendo? –pregunté yo, sintiendo esa chispa de curiosidad, esa detonación de interés que se produce invariablemente ante casi cualquier estímulo, cuando uno ya va por el primer chorizo bombón y la cuarta copa grande de vino.

Y el tipo me explica que se trata de una versión light del boxeo: entrenás como un boxeador, corrés, boludeás con bolsas y púchimbols, saltás la soga, te hacés el Rocky todo lo que quieras, pero no estás obligado a “boxear” propiamente dicho. Si querés “hacer guantes” con otro, te ponen guantes del tamaño de una pelota de básquet, casco acolchado, protector bucal, la cosa esa que va en las bolas cuyo nombre ahora no recuerdo, y te envuelven con varias vueltas de ese plástico con globitos que se usa para embalar electrodomésticos.

–¡Eso es exactamente lo que necesito yo! –exclamé yo con esa llamarada de decisión, esa deflagración de entusiasmo que se produce invariablemente ante casi cualquier estímulo, cuando uno sigue con el primer chorizo bombón pero ya va por la sexta o séptima copa grande de vino.

–Marcelo, dejate de joder. O de tomar. –me descalificó mi hermano, conociendo perfectamente lo explosivo y súbito (pero también lo efímero y generalmente ridículo) de mis intereses y aficiones.

–¡Vos cashate y dejalo hablar acá a mi amigo- le retruqué yo (y nótese que ya, con una sola frase me había hecho amigo del amigo de mi amigo).

En mi defensa saltó mi novia. No una defensa así, digamos, vehemente, sino más bien una defensa hija de la resignación. Déjenme explicarme un poco mejor. Tengo ya cuarenta, y es cierto que en los últimos años –los últimos veinte, digamos–no me he tomado muy en serio el tema de la actividad física y el cuidado del cuerpo. Es que me siempre me ha tirado más lo intelectual, y ciertamente puede decirse que me he inclinado más a la lectura, al estudio, al pensamiento y hasta la escritura. Podría decirse que si bien he sacrificado un poco mi estado físico, puede hoy comparárseme sin demasiada injusticia con un Umberto Eco. En cuanto al estado físico, claro.

Mi novia –diez años más joven que yo y devota del yoga, del gimnasio, del spinning, de las artes marciales y del sexo– viene rogándome hace ya dos años que haga algún tipo de deporte, o de actividad física, o que me mueva, o que al menos me ponga un pantalón antes de sentarme durante doce horas frente a la computadora.

–Claudio, dejalo… Con tal de que mueva el orto me parece tan bien que haga boxeo recreativo como acuagym, o malabares en un semáforo. ¡La última vez que fuimos a la playa se agarró tendinitis por caminar!

–María... –la interrumpió mi hermano –Entiendo tu desesperación, pero a este pelotudo se le ocurrió hacer rugby y se dilapidó buena parte de la fortuna familiar en camiseta, shortcito, medias, ¡botines!... y la única vez que agarró la pelota salió corriendo para el otro lado y lo tuvo que tacklear uno de su mismo equipo… Quiso hacer natación en el club de nuestro barrio y nos tuvimos que mudar porque ya no podíamos seguir yendo al mismo club de barrio, porque el muy pelotudo se cayó… ¡se cayó a la pileta antes de la largada de la única carrera que tuvo que correr!

A todo esto, mientras mi hermano y mi novia mantenían esta discusión sobre mis aptitudes para el deporte, yo ya estaba con mi amigo ultimando los detalles para mi debut en el noble y viril deporte de los puños. Aunque “recreativamente”.

El boxeo no me era una disciplina completamente ajena como ese otro deporte conocido como “balompié”. No. Me vi todas las “Rocky” (hasta vi “Rocky V”, miren lo que les digo), he visto algunas peleas durante mi infancia (mi padre era un fanático del boxeo) y durante las vacaciones en la costa, no tenía mucha dificultad en ganarle a Glass Joe en el “Punch Out”.

Después del asado, la cosa siguió hasta bien entrada la noche, tomando champán al borde de la pileta. A esta altura, yo ya estaba con mi nuevo camarada de boxeo planificando mi carrera pugilística: cuántas defensas del título pensaba hacer antes de retirarme invicto, comprar dos tortuguitas de agua, intentar tomar un huevo crudo de un vaso sin vomitar antes de romper el huevo y cuánto costaba la cuota.

Al día siguiente, me llega un mail: “No sé si te acordarás, pero acá te paso la dirección del club donde hago boxeo. Yo durante enero no voy a ir, pero vos andá, preguntá por Fulano, decile que vas de parte mía y va a estar todo bien”.

“¿Qué es esto? ¿Spam?”, pensé. Pero ahí me acordé de lo del boxeo y ya que estaba en el baile, tenía que bailar.

–¿En serio vas a ir? –me preguntó mi novia, con una sonrisa de ilusión que no podía yo diluir ni siquiera por el hecho de no tener el menor recuerdo de cómo carajo  me había metido en ese berenjenal.

–Yo, Adrian…

Claro, mi novia es actriz y conocedora de cine. Entendía todas las referencias a “Rocky”, y nos reíamos fuerte cuando yo decía, imitando la dificultosa dicción de Sylvester Stallone: “Si puedo mantenerme en pie, después de la primera clase de boxeo recreativo, sabré que no soy un vago más del vecindario, ja, ja, ja”.

Sí, ja, ja, ja, pero tenía que ir…

Tenía que ir por orgullo. Tenía que ir para complacer a mi novia, que albergaba la esperanza de que al fin pudiera yo encontrar una actividad que me devolviera una tonicidad muscular mejor que la de una aguaviva. Tenía que ir para joder a mi hermano.

El primer problema fue la indumentaria. Mi primer impulso fue, obviamente, comprarme un pantaloncito Everlast con flecos, botitas de boxeo Everlast, una bata de seda Everlast con la leyenda “The Argentinian Stallion” en la espalda, vincha, muñequeras, vendas… Así soy yo. A mí se me da por el dibujo y compro acciones de Caran d’Ache; se me da por la música y me compro un piano Steinway & Sons… Pero pensé: "A lo mejor un gimnasio de boxeo no es el mejor lugar para aparecer con un cinturón de campeón mundial de los pesos pesados comprado en eBay…"

Pero no tenía ropa apropiada. La última vez que pisé un gimnasio se usaban calzas de lycra fucsia, polainas y musculosas de colores flúo… Y eso lo usaban los hombres.

Pensé en comprarme un buzo y hacerle agujeros con una tijera, para imitar un look Rocky en sus comienzos, pero por suerte encontré una remera vieja, un pantaloncito de fútbol (claramente, olvidado por mi hermano en mi casa), y unas zapatillas Adidas New York de los ochenta.

Llegado el día, me dirigí al gimnasio de boxeo, situado en un célebre y antiguo club de barrio que no pienso nombrar porque alguna vez pienso volver ahí a mi segunda clase de “boxeo recreativo”, o al menos estoy seguro de que voy a pasar cerca y no quiero que mis “compañeros” me asocien con la autoría de esta nota y me hagan alguna chanza iniciática (chanza iniciática que sólo considero comparable a las chanzas iniciáticas que los internos de una unidad penitenciaria destinan a los pedófilos, por ejemplo).

De todas formas, antes de partir a mi primera clase, le dije a mi novia: “Mirá, esperame que vuelvo en un rato… No creo que vaya a tener una primera clase… Seguramente me van a pedir un “apto médico”, uno de esos certificados que indican que alguien que empieza en un gimnasio está en condiciones de acometer una actividad física exigent…”.

-¿Así que querés empezar?- me preguntó el profesor, un boxeador con experiencia. –Calentá, elongá y empezá a saltar la soga.

-¿P-pero…? ¿Y el “apto médico”?

-Andá a saltar la soga diez minutos.

Recién ahí es cuando miré a mi alrededor y vi el gimnasio. Era como el de “Rocky” en serio. Un galpón falto de higiene, con bolsas de boxeo colgando por ahí, pósters viejos de viejos boxeadores, un ring desvencijado en el medio. Había algunos recortes de periódicos con noticias sobre algunos boxeadores que habían salido de allí (aparentemente, todos habían sobrevivido, luego de haber recibido una paliza descomunal antes de los veinte segundos de pelea, lo cual resultaba sumamente alentador).

-¿Dónde están las sogas?- le pregunté a mi entrenador.

-Ahí, colgadas de ese clavo.

Agarré una soga y mi entrenador me dijo: “esas son vendas; las cuerdas para saltar están colgadas de ese otro clavo”.

-Ah.

-Bueno, ponete a saltar.

Ahí me animé y le pregunté:

-Pero… ¿No necesito un “apto físico”? ¿Un certificad…?

-¿Eh?

Miré a mi alrededor. Había boxeadores en serio. Tipos que si alguna vez habían recibido un certificado médico fue para certificar su nacimiento. Algunos, ni eso.

-Nada. OK. ¿Me pongo a saltar por ahí? ¿Seguro que no molesto?

Agarré una soga (no una venda) y me dispuse a saltar. No debía ser demasiado difícil. Las chicas lo hacen, después de todo.

-Primero enlogá- me dijo mi entrenador, y lo miré y me lo imaginé en mi rincón, en una pelea por el título, abrazándolo como Rocky Balboa abrazaba a Mickey.

Cierto es que tuve que agarrar mi smartphone y buscar el significado de la palabra “elongar”. Rápido como un rayo encontré la definición en Wikipedia y, bueno, elongué un poco (o como se conjugue ese verbo hasta entonces desconocido) y me dispuse a saltar la soga.

Siendo como era mi primera actividad boxística, recordé esos acordes, esas notas, esa melodía que la cultura popular ha elevado a la categoría de himno… Esas notas que cualquier hombre oye y relaciona con Rocky Balboa, Apollo Creed, Clubber Lang, Ivan Drago…
Me refiero a “Dánica Dorada”.

Uno salta la soga y piensa en “Dánica Dorada”.

Y eché la soga hacia adelante (un “Da”), salté para dejar pasar la soga por debajo de mis pies (un “ni”) y dejé caer mi cuerpo mientras la soga pasaba por detrás de mi espalda (claramente, un “ca”).

Y fue ahí cuando sentí un relámpago de dolor en la espalda, un disparo de una .45 en mi columna vertebral.

Y me sentí morir.

Y eso fue a los, a ver, déjenme ver… “da”, “ni”, “ca”… A los 3 segundos de haber empezado mi primer clase de “boxeo recreativo”. Mi primer salto a la comba.

Sentí que me había quedado paralítico. Supe con certeza que así como me hube comparado con Umberto Eco, esta vez estaba en condiciones de compararme con Stephen Hawking. Y una vez más, la comparación era en cuanto al estado físico.

¿Y qué hace un guapo ante una situación semejante? ¿Se retira a los veinte segundos de entrenamiento diciendo “tengo una contractura o seis fracturas de vértebras”?.

No, un guapo sigue. No queda bien decir: “Me jodí la columna en el “do” de “dá-ni-ca-do-ra-da”, en medio de un gimnasio donde hay tipos practicando boxeo para ganarse la vida.

Y durante una hora y cincuenta minutos más, salté a la comba, corrí, le pegué a una bolsa (quizás la bolsa de basura, pero cuenta), me recosté contra las cuerdas del ring para ver qué carajo se siente al recostarse contra las cuerdas de un ring…

Volví a mi casa.

Al día siguiente estaba en la guardia de la obra social, sacándome placas de la columna y con un diagnóstico de contractura, rectificación y “¿Sos boludo? ¡Dejate de joder, macho!”.

Hace tres semanas que estoy drogado con Tramadol (un opiáceo que me calma el dolor y me hace ver el lado divertido de esta aventura y de muchas cosas más), aplicándome una almohadilla térmica cinco veces por día y leyendo libros de Umberto Eco.

Pero pienso volver. Cuando me recupere, pienso volver. Aunque sea como el tipo que sostiene el balde para que los boxeadores escupan.

El boxeo es lo mío.

Digan lo que digan.

Yo, Adrian, we will do it.

Dictado (ante la imposibilidad física de mover los brazos para escribir en una computadora) en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, a los 25 días de enero de 2013.

lunes, 10 de diciembre de 2012

De Dumbos y Popeyes II: la final


Y esta vez sí se gritaron los goles. Esta vez sí se gritaron.

Motivos no faltaban.

Pero vamos por partes, que esta es la segunda crónica deportiva que escribo en mi vida (la primera la escribí acá abajito, hace poco más de dos meses), y no quiero hacerlo mal.

Hace dos meses, en ocasión del partido en el que el equipo de mi hermano y sus amigos desde hace veintiocho años ganó por 15 a 2, el campeonato se encontraba en su fase “por puntos”… O “de puntos”… Bueno, no sé… Algo así. Sólo sé que en esa etapa jugaban todos los equipos contra todos los equipos, se sumaban los puntos obtenidos en cada partido, y al final de esa fase clasificaban los que tenían más puntos. Los números no son mi fuerte (ni mucho menos el fútbol), así que no me pregunten demasiados detalles porque no los sé, ni los entiendo. Lo que sí sabía entonces es que si el equipo seguía jugando con ese espíritu, ganando 15 a 2, y compitiendo contra rivales con arqueros con capacidades manuales diferentes,  iban a pasar sin problemas a la “etapa de definición” (o como se llame), que es la que entendemos hasta los que no sabemos de fútbol: la etapa de “si perdés, fuiste; si ganás, seguís”.

Y llegaron a la final, nomás. Casi sin sorpresas.

Y llegaron motivaditos. Me llegó el rumor de que mi nota anterior (la de acá abajo) los había hecho emocionar. Pero, honestamente, no creo que eso haya tenido la mínima influencia.

Es más probable que haya influido un poco más el hecho de que apenas tres días antes, Federico Insúa (compañero de colegio de los chicos, hermano de uno de ellos, amigo de todos los demás) se hubiese consagrado campeón del fútbol argentino con Vélez Sarsfield, y que el equipo de mi hermano estaba todavía afónico por los festejos de ese campeonato. No hace falta una maestría en psicología para pensar que si uno de los tuyos acaba de salir campeón de la Primera “A”, a la hora de jugar tu propia final de papi fútbol, tres días después, sientas un poco más de entusiasmo que el que te provocaría el hecho de que a tu compañero Petruzzeli, de Contaduría, le hayan dado un plus por presentismo en la compañía de destapaciones en la que trabajás.

Y, además, el partido pintaba chivo. Por empezar, era una final, y el otro equipo no había llegado a esa instancia envenenando a los rivales, sino jugando. Y jugando bien.

Mi hermano me había prevenido, unos días antes:

–Técnicamente, jugador por jugador, son mucho mejores que nosotros. Pero…
–¿Pero qué?
–Pero no juegan juntos desde hace veintiocho años- me dijo, sonriendo cómplice.

Así que ahí fuimos. Todos. Los jugadores, sus hijos, sus esposas, sus hermanos, Federico Insúa, mi novia, mi vieja…

Apenas llegamos al colegio, todos los compañeros de mi hermano me saludaron con especial cariño y agradecimiento por la nota que había escrito antes, e inmediatamente me hicieron saber de un modo cabal que me consideraban un miembro más del equipo y que tenían reservada  para mí una responsabilidad especial:

–Marce, correte hasta el chino de la otra cuadra, cruzando San Blas, y traete tres o cuatro aguas grandes, frías.

Comenzó el partido y a los pocos minutos se abre el marcador: gol del equipo contrario.

Upalalá.

Busqué con la mirada a mi novia. Yo estaba junto a la línea, observando la acción de cerca, tirando alguna indicación que juzgara oportuna y –más que nada– cuidando las botellas de agua. Mi novia estaba más allá, un poco alejada, arriba de una tribuna, junto a mi vieja. “No pasa nada”, le dije sin hablar. “Tranquila”.

Unos minutos más tarde, dos goles seguidos de mi hermano Claudio daban vuelta la cosa, y varios minutos después, otros cinco goles de los muchachos, la expulsión directa del arquero rival por una torpeza rayana en lo criminal y –digámoslo de una vez y para siempre– la condición de invencible de un equipo de pibes que desde hace veintiocho años vienen jugando juntos en la cancha (en estas chiquitas de papi fútbol,  y en la otra: la cancha grandísima, infinita, de la vida) hicieron el resto.

7 a 2.

Y fueron campeones. 

Como no podía ser de otra manera.

Como estaba escrito. Desde hace casi treinta años.


Dedicado a Lea, Manza, Tero, Clau, Seba, Raba, Diego, Jazo, Guille y Tavo (DT).





Y a Fede también, carajo, que el pibe también salió campeón y se merece un: “Bien hecho, nene”.


jueves, 27 de septiembre de 2012

De Dumbos y Popeyes

Un equipo de hombres que se quieren es invencible.
Alejandro Dolina, "Apuntes del fútbol en Flores", Crónicas del Ángel Gris.

En el año 1984, mi hermano Claudio (siete años y en segundo grado) regresó un día de la escuela anunciando que se había anotado en un torneo de baby-fútbol que se iba a llevar a cabo en nuestro colegio.

La noticia nos tomó por sorpresa a mi padre, a mi madre y a mí, especialmente por cuanto en la familia ignorábamos casi por completo el significado de la palabra “fútbol”. Teníamos, sí, la vaga noción de que se trataba de un deporte, pero no estábamos en condiciones de identificar exactamente cuál era.

Claudio se anotó en uno de los equipos, llamado “Popeye”. Otros equipos se llamaban “Mickey”, “Dumbo”, y cosas así; era un torneo para chicos de segundo grado y supongo que ponerse nombres como Ajax o Manchester United podría haber significado una presión adicional, pedagógicamente impropia para niños de tan corta edad.

El primer partido lo ganó Popeye por 11 a 0. Los once goles fueron de mi hermano.

Otro partido (la memoria puede engañarme) terminó con doce goles de Popeye, pero no recuerdo exactamente la influencia de los goles de mi hermano en ese marcador. Decir que estoy casi seguro de que fueron los doce sería una exageración. Hasta ahí nomás, pero una exageración al fin.

Partido chivo fue la final contra los Dumbo. Ahí había muy buenos jugadores. La cantidad de goles fue notablemente menor, y la diferencia en el marcador final muy ajustada. Pero Popeye ganó y se alzó con el campeonato.

Desde entonces, mi hermano nunca dejó de jugar al fútbol. Siguió haciéndolo en clubes de barrio como Gimnasia y Esgrima de Vélez Sarsfield, el Club Mitre de la calle Segurola, Ciencia y Labor, Argentinos Juniors, en el club del banco en el que trabajaba mi papá… Nunca, repito, dejó de jugar. El año pasado, al despertarse de la anestesia después de una operación en la cadera, lo primero que preguntó –en esa borrachera postoperatoria que hace preguntar diez veces las mismas cosas– fue cuándo iba a poder volver a jugar.

También desde entonces, nunca cambió su barra de amigos de esa época. Ex Popeyes y ex Dumbos se cuentan entre su núcleo de amigos más queridos, a los que ve todas las semanas. Yo no conservo ningún amigo de la escuela primaria, y sólo puedo contar a dos o tres de la secundaria, y hasta ahí nomás. Mi hermano, no. Puedo nombrar no menos de una docena de chicos, hoy señores de 35, 36 años, que conforman la barra de amigos de mi hermano. Chicos a los que veo periódicamente desde 1984, y con los que mi hermano cena semanalmente, van juntos a la cancha, se van de vacaciones todos los años y han viajado juntos por el mundo.

Y, fundamentalmente, esos chicos (padres de familia, Licenciados en Marketing, gerentes de bancos, empresarios), han seguido jugando al fútbol en cuanta ocasión han encontrado: picados informales, desafíos playeros, torneos de fútbol de barrio…

Esos mismos chicos, lo resumo y lo destaco, vienen jugando al fútbol juntos desde 1984. Desde hace 28 años.

Ayer a la noche tenía que hacer algo con mi hermano Claudio, y me propuso que antes lo acompañara a un partido, de un torneo de papi que se viene celebrando –justamente- en el mismo colegio Santa Rita en el que hiciéramos la escuela primaria. La idea no me desagradó: hacía muchísimo que no pisaba el colegio y hacía muchísimo que no lo veía a mi hermano jugar al fútbol.

Así que allí fuimos. Como el torneo es exclusivamente para ex alumnos del colegio, me rencontré con compañeros míos, hermanos mayores y menores de compañeros míos, preceptores, y me rencontré también con la barra de amigos de mi hermano. El equipo de mi hermano estaba, precisamente, conformado por estos mismos chicos de los que vengo hablando, mayoritariamente ex Dumbos y ex Popeyes.

Algunos canosos, algunos con prominente pancita, algunos acompañados por sus hijos, el equipo de mi hermano se fue reuniendo, saludándose en silencio como quienes se vieron ayer y anteayer. Se cambiaron, se vendaron las patas, se calzaron las zapatillas y entraron a la canchita a enfrentar al otro equipo, también conformado por ex alumnos, pero de otros cursos, otras edades y –evidentísimamente- otro grado de amistad entre ellos.

¿Saben cómo se le gana a un equipo de amigos que vienen jugando juntos desde hace 28 años?

Pues no se puede. Es imposible. Es como enfrentar a los Avengers con una gomera.

¿Saben cómo juega un equipo de amigos que vienen jugando juntos desde hace 28 años? No creo que pueda explicarlo bien, pero es más o menos así: haciendo magia. Uno no tiene que mirarse (eso sería hacer trampa), uno no tiene que proponer jugadas o pedir la pelota haciendo gestos grandilocuentes (eso también sería antideportivo), uno ni siquiera tiene que fijarse si un compañero va a estar allí cuando llegue el pase: ya lo sabe.

Cuando el partido iba 6 a 0 (algo así como a los diez minutos), los jugadores del equipo contrario empezaron a ponerse nerviosos. Se gritaban entre ellos, se puteaban, empezaron a pegar fuerte.

El equipo de mi hermano no festejaba los goles. Apenas sí se miraban entre ellos, como diciendo: “¿Después vamos a comer, no?”.

El arquero del equipo rival, con reluciente buzo de arquero profesional, empezó a putear al referí y a gritar que el partido estaba arreglado. Iban 10 a 1 y el tipo insistía en que el partido de papi fútbol estaba arreglado. Me dio mucha lástima –de verdad– el hijito de ese arquero. Estaba sentado junto a mí en la tribuna, mirando a su padre desencajado, acusando al referí de corrupto, al partido de arreglado y al equipo de mi hermano de tramposo. Después de haberse comido diez goles. No uno dudoso. No uno producto de un discutible penal. No; diez goles claros, limpísimos, irrefutables.

El partido terminó 15 a 2, y este fue mi humildísimo análisis de un partido jugado por un equipo que se conoce y que se quiere desde hace 28 años.

Estas cosas no salen en el Olé, ni en la sección de deportes de los diarios. Pero deberían… Deberían.

Yo no grité ningún gol. No se gritan los goles en un partido de papi, mucho menos cuando son quince, y muchísimo menos cuando estás sentado al lado del hijito de un pelotudo al que sólo le faltaba exigir un antidóping, simplemente porque estaba perdiendo ante un equipo invencible.

Pero el corazón me quedó afónico.

Buenas tardes.