viernes, 25 de enero de 2013

El Garañón Argentino (Semental sería demasiado)




No es verdad que, como dice el saber popular, todo lo que un hombre hace es para levantarse minas. Una parte, sí, puede ser. Pero no todo. 

El resto de las cosas que un hombre hace es por culpa del alcohol.

En esta segunda categoría es que podría yo encuadrar el hecho de que, hace ya un par de semanas, haya decidido comenzar la práctica de boxeo.

Fue durante un asado veraniego, en casa de unos amigos en las afueras de la ciudad, en un mediodía en el que el calor obligaba a cuidar la hidratación mediante la ingesta sostenida de vino tinto. 

Había una pileta, sí, es cierto. Pero de haber optado por refrescarme en la pileta en vez de tomar vino tinto con hielo, no habría comenzado yo la práctica de boxeo y no estaría escribiendo esto.

Y ahí estábamos, un grupo de tipos de entre cuarenta y cincuenta y pico de años, con nuestras novias y esposas, hablando al pedo, cuando uno de ellos –un amigo de un amigo mencionó que practicaba con regularidad “boxeo recreativo”.

 ¿Y eso qué vendría siendo? –pregunté yo, sintiendo esa chispa de curiosidad, esa detonación de interés que se produce invariablemente ante casi cualquier estímulo, cuando uno ya va por el primer chorizo bombón y la cuarta copa grande de vino.

Y el tipo me explica que se trata de una versión light del boxeo: entrenás como un boxeador, corrés, boludeás con bolsas y púchimbols, saltás la soga, te hacés el Rocky todo lo que quieras, pero no estás obligado a “boxear” propiamente dicho. Si querés “hacer guantes” con otro, te ponen guantes del tamaño de una pelota de básquet, casco acolchado, protector bucal, la cosa esa que va en las bolas cuyo nombre ahora no recuerdo, y te envuelven con varias vueltas de ese plástico con globitos que se usa para embalar electrodomésticos.

–¡Eso es exactamente lo que necesito yo! –exclamé yo con esa llamarada de decisión, esa deflagración de entusiasmo que se produce invariablemente ante casi cualquier estímulo, cuando uno sigue con el primer chorizo bombón pero ya va por la sexta o séptima copa grande de vino.

–Marcelo, dejate de joder. O de tomar. –me descalificó mi hermano, conociendo perfectamente lo explosivo y súbito (pero también lo efímero y generalmente ridículo) de mis intereses y aficiones.

–¡Vos cashate y dejalo hablar acá a mi amigo- le retruqué yo (y nótese que ya, con una sola frase me había hecho amigo del amigo de mi amigo).

En mi defensa saltó mi novia. No una defensa así, digamos, vehemente, sino más bien una defensa hija de la resignación. Déjenme explicarme un poco mejor. Tengo ya cuarenta, y es cierto que en los últimos años –los últimos veinte, digamos–no me he tomado muy en serio el tema de la actividad física y el cuidado del cuerpo. Es que me siempre me ha tirado más lo intelectual, y ciertamente puede decirse que me he inclinado más a la lectura, al estudio, al pensamiento y hasta la escritura. Podría decirse que si bien he sacrificado un poco mi estado físico, puede hoy comparárseme sin demasiada injusticia con un Umberto Eco. En cuanto al estado físico, claro.

Mi novia –diez años más joven que yo y devota del yoga, del gimnasio, del spinning, de las artes marciales y del sexo– viene rogándome hace ya dos años que haga algún tipo de deporte, o de actividad física, o que me mueva, o que al menos me ponga un pantalón antes de sentarme durante doce horas frente a la computadora.

–Claudio, dejalo… Con tal de que mueva el orto me parece tan bien que haga boxeo recreativo como acuagym, o malabares en un semáforo. ¡La última vez que fuimos a la playa se agarró tendinitis por caminar!

–María... –la interrumpió mi hermano –Entiendo tu desesperación, pero a este pelotudo se le ocurrió hacer rugby y se dilapidó buena parte de la fortuna familiar en camiseta, shortcito, medias, ¡botines!... y la única vez que agarró la pelota salió corriendo para el otro lado y lo tuvo que tacklear uno de su mismo equipo… Quiso hacer natación en el club de nuestro barrio y nos tuvimos que mudar porque ya no podíamos seguir yendo al mismo club de barrio, porque el muy pelotudo se cayó… ¡se cayó a la pileta antes de la largada de la única carrera que tuvo que correr!

A todo esto, mientras mi hermano y mi novia mantenían esta discusión sobre mis aptitudes para el deporte, yo ya estaba con mi amigo ultimando los detalles para mi debut en el noble y viril deporte de los puños. Aunque “recreativamente”.

El boxeo no me era una disciplina completamente ajena como ese otro deporte conocido como “balompié”. No. Me vi todas las “Rocky” (hasta vi “Rocky V”, miren lo que les digo), he visto algunas peleas durante mi infancia (mi padre era un fanático del boxeo) y durante las vacaciones en la costa, no tenía mucha dificultad en ganarle a Glass Joe en el “Punch Out”.

Después del asado, la cosa siguió hasta bien entrada la noche, tomando champán al borde de la pileta. A esta altura, yo ya estaba con mi nuevo camarada de boxeo planificando mi carrera pugilística: cuántas defensas del título pensaba hacer antes de retirarme invicto, comprar dos tortuguitas de agua, intentar tomar un huevo crudo de un vaso sin vomitar antes de romper el huevo y cuánto costaba la cuota.

Al día siguiente, me llega un mail: “No sé si te acordarás, pero acá te paso la dirección del club donde hago boxeo. Yo durante enero no voy a ir, pero vos andá, preguntá por Fulano, decile que vas de parte mía y va a estar todo bien”.

“¿Qué es esto? ¿Spam?”, pensé. Pero ahí me acordé de lo del boxeo y ya que estaba en el baile, tenía que bailar.

–¿En serio vas a ir? –me preguntó mi novia, con una sonrisa de ilusión que no podía yo diluir ni siquiera por el hecho de no tener el menor recuerdo de cómo carajo  me había metido en ese berenjenal.

–Yo, Adrian…

Claro, mi novia es actriz y conocedora de cine. Entendía todas las referencias a “Rocky”, y nos reíamos fuerte cuando yo decía, imitando la dificultosa dicción de Sylvester Stallone: “Si puedo mantenerme en pie, después de la primera clase de boxeo recreativo, sabré que no soy un vago más del vecindario, ja, ja, ja”.

Sí, ja, ja, ja, pero tenía que ir…

Tenía que ir por orgullo. Tenía que ir para complacer a mi novia, que albergaba la esperanza de que al fin pudiera yo encontrar una actividad que me devolviera una tonicidad muscular mejor que la de una aguaviva. Tenía que ir para joder a mi hermano.

El primer problema fue la indumentaria. Mi primer impulso fue, obviamente, comprarme un pantaloncito Everlast con flecos, botitas de boxeo Everlast, una bata de seda Everlast con la leyenda “The Argentinian Stallion” en la espalda, vincha, muñequeras, vendas… Así soy yo. A mí se me da por el dibujo y compro acciones de Caran d’Ache; se me da por la música y me compro un piano Steinway & Sons… Pero pensé: "A lo mejor un gimnasio de boxeo no es el mejor lugar para aparecer con un cinturón de campeón mundial de los pesos pesados comprado en eBay…"

Pero no tenía ropa apropiada. La última vez que pisé un gimnasio se usaban calzas de lycra fucsia, polainas y musculosas de colores flúo… Y eso lo usaban los hombres.

Pensé en comprarme un buzo y hacerle agujeros con una tijera, para imitar un look Rocky en sus comienzos, pero por suerte encontré una remera vieja, un pantaloncito de fútbol (claramente, olvidado por mi hermano en mi casa), y unas zapatillas Adidas New York de los ochenta.

Llegado el día, me dirigí al gimnasio de boxeo, situado en un célebre y antiguo club de barrio que no pienso nombrar porque alguna vez pienso volver ahí a mi segunda clase de “boxeo recreativo”, o al menos estoy seguro de que voy a pasar cerca y no quiero que mis “compañeros” me asocien con la autoría de esta nota y me hagan alguna chanza iniciática (chanza iniciática que sólo considero comparable a las chanzas iniciáticas que los internos de una unidad penitenciaria destinan a los pedófilos, por ejemplo).

De todas formas, antes de partir a mi primera clase, le dije a mi novia: “Mirá, esperame que vuelvo en un rato… No creo que vaya a tener una primera clase… Seguramente me van a pedir un “apto médico”, uno de esos certificados que indican que alguien que empieza en un gimnasio está en condiciones de acometer una actividad física exigent…”.

-¿Así que querés empezar?- me preguntó el profesor, un boxeador con experiencia. –Calentá, elongá y empezá a saltar la soga.

-¿P-pero…? ¿Y el “apto médico”?

-Andá a saltar la soga diez minutos.

Recién ahí es cuando miré a mi alrededor y vi el gimnasio. Era como el de “Rocky” en serio. Un galpón falto de higiene, con bolsas de boxeo colgando por ahí, pósters viejos de viejos boxeadores, un ring desvencijado en el medio. Había algunos recortes de periódicos con noticias sobre algunos boxeadores que habían salido de allí (aparentemente, todos habían sobrevivido, luego de haber recibido una paliza descomunal antes de los veinte segundos de pelea, lo cual resultaba sumamente alentador).

-¿Dónde están las sogas?- le pregunté a mi entrenador.

-Ahí, colgadas de ese clavo.

Agarré una soga y mi entrenador me dijo: “esas son vendas; las cuerdas para saltar están colgadas de ese otro clavo”.

-Ah.

-Bueno, ponete a saltar.

Ahí me animé y le pregunté:

-Pero… ¿No necesito un “apto físico”? ¿Un certificad…?

-¿Eh?

Miré a mi alrededor. Había boxeadores en serio. Tipos que si alguna vez habían recibido un certificado médico fue para certificar su nacimiento. Algunos, ni eso.

-Nada. OK. ¿Me pongo a saltar por ahí? ¿Seguro que no molesto?

Agarré una soga (no una venda) y me dispuse a saltar. No debía ser demasiado difícil. Las chicas lo hacen, después de todo.

-Primero enlogá- me dijo mi entrenador, y lo miré y me lo imaginé en mi rincón, en una pelea por el título, abrazándolo como Rocky Balboa abrazaba a Mickey.

Cierto es que tuve que agarrar mi smartphone y buscar el significado de la palabra “elongar”. Rápido como un rayo encontré la definición en Wikipedia y, bueno, elongué un poco (o como se conjugue ese verbo hasta entonces desconocido) y me dispuse a saltar la soga.

Siendo como era mi primera actividad boxística, recordé esos acordes, esas notas, esa melodía que la cultura popular ha elevado a la categoría de himno… Esas notas que cualquier hombre oye y relaciona con Rocky Balboa, Apollo Creed, Clubber Lang, Ivan Drago…
Me refiero a “Dánica Dorada”.

Uno salta la soga y piensa en “Dánica Dorada”.

Y eché la soga hacia adelante (un “Da”), salté para dejar pasar la soga por debajo de mis pies (un “ni”) y dejé caer mi cuerpo mientras la soga pasaba por detrás de mi espalda (claramente, un “ca”).

Y fue ahí cuando sentí un relámpago de dolor en la espalda, un disparo de una .45 en mi columna vertebral.

Y me sentí morir.

Y eso fue a los, a ver, déjenme ver… “da”, “ni”, “ca”… A los 3 segundos de haber empezado mi primer clase de “boxeo recreativo”. Mi primer salto a la comba.

Sentí que me había quedado paralítico. Supe con certeza que así como me hube comparado con Umberto Eco, esta vez estaba en condiciones de compararme con Stephen Hawking. Y una vez más, la comparación era en cuanto al estado físico.

¿Y qué hace un guapo ante una situación semejante? ¿Se retira a los veinte segundos de entrenamiento diciendo “tengo una contractura o seis fracturas de vértebras”?.

No, un guapo sigue. No queda bien decir: “Me jodí la columna en el “do” de “dá-ni-ca-do-ra-da”, en medio de un gimnasio donde hay tipos practicando boxeo para ganarse la vida.

Y durante una hora y cincuenta minutos más, salté a la comba, corrí, le pegué a una bolsa (quizás la bolsa de basura, pero cuenta), me recosté contra las cuerdas del ring para ver qué carajo se siente al recostarse contra las cuerdas de un ring…

Volví a mi casa.

Al día siguiente estaba en la guardia de la obra social, sacándome placas de la columna y con un diagnóstico de contractura, rectificación y “¿Sos boludo? ¡Dejate de joder, macho!”.

Hace tres semanas que estoy drogado con Tramadol (un opiáceo que me calma el dolor y me hace ver el lado divertido de esta aventura y de muchas cosas más), aplicándome una almohadilla térmica cinco veces por día y leyendo libros de Umberto Eco.

Pero pienso volver. Cuando me recupere, pienso volver. Aunque sea como el tipo que sostiene el balde para que los boxeadores escupan.

El boxeo es lo mío.

Digan lo que digan.

Yo, Adrian, we will do it.

Dictado (ante la imposibilidad física de mover los brazos para escribir en una computadora) en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, a los 25 días de enero de 2013.

22 comentarios:

Juan Faerman dijo...

Qué afrenta. Qué deshonra. Qué ignominia. Mickey se avergonzaría terriblemente de vos (no el ratón, aunque el ratón también lo haría). Ni siquiera llegaste al "era para untar".

Claire dijo...

La dignidad y el esfuerzo físico raramente van de la mano, sobre todo si hay alguien dispuesto a dártela en la cara.
Excelente. Todavía me estoy riendo.-

Jack-Kun dijo...

jajaja que bueno! Mejor, volvé y da revancha macho! Que si es lo tuyo, es lo tuyo.. y sino.. hacé Aquagym y nos contás tu experiencia XD

Silvina Godoy dijo...

Qué maravillosa manera de escribir Usted, entre la risa y la ternura, eso sí póngase protector bucal!!

Damián Bacalov dijo...

Que placer leerlo con cierta regularidad en este blog. Sólo falta el resto de la sex humor y estaría completo.

moonport dijo...

No crea que está sólo en esto,Don Lacanna. Somos muchos los que pasamos los 40, los que nos mamamos y hacemos boludeces, y los que también escuchamos "¿Pero vos estás seguro.Dejate de boludear.." de parte de nuestros seres más queridos, o cercanos, según corresponda.
Pero esa es la actitud, mi amigo. Rocky no se hizo campeón en un día ni Lance Armstrong...bueno, ese no.
Desde aquí, mi total solidaridad (intelectual, ni en pedo lo acompaño al gimnasio) con usted, Marcelo.
Y me atrevo a recomendarle un club, en este caso de ajedrez, para que no vuelvan a criticarlo.
BTW, excelente post.
Un saludo y buen finde.

Gustavo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gustavo dijo...

Para boxeo recreativo nada como la wii fit, encima el que te entrena es negro, así que ya te sentís en la 3 cuando lo entrena Apolo...o era la 4? bueno en una de las Rocky....

Princesa dijo...

Simplemente, sublime. Pero eso si, a no colgar la toalla antes de tiempo.

Que siempre te quede el "al menos lo intenté".

E.R dijo...

Gustavo, en eso que vos decis le gano una nena de 4 años. POSTA!!!

Anónimo dijo...

Comprate una bici con rueditas, canastita, cintita en el manubrio y bocina.
A mi vuelta te suministro mas droga y vamos a jugar al golf.

Noelle E.B dijo...

Qué dura es la vida de nosotros, las larvas del entrenamiento y el ejercicio físico, siempre deslumbrados por las mieles de un éxito sin ignominia.
No puedo parar de reirme, no de usted, sino de esta forma tan particular que tiene de contar las cosas.

Maria Pastur dijo...

Me asombra la omisión del "Me disloqué una vértebra" (Sí, el autor de la nota ya había visto Batman, por eso la sugerencia traumatológica)

el hermano de lacanna dijo...

¡Levántate, hijo de perra! Porque tu hermano te ama.

Condesa Shortshot dijo...

Bien ahí! La próxima podés escribir el texto con parpadeos como el tipo de La escafandra y la mariposa!

Maximus dijo...

En cuanto te levantés de la silla de ruedas, te empezamos a armar desafíos. Primero con "Maravilla", te parece?



Ricky Maravilla.

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