miércoles, 24 de julio de 2013

Introducción al esquí (y rápida salida del mismo)

Después de seis meses de haber abandonado mi promisoria carrera en el boxeo amateur, luego de mi única pelea contra una soga de saltar que terminara en mi derrota por knockout en el primer salto, mis inquietos y aún jóvenes músculos comenzaron a pedir por algo de acción, algo de movimiento, algo que los alejara al menos un poco de la atrofia a la que parecen estar condenados desde mi adolescencia.

Y fue así como me convertí en esquiador.

Bueno, no. No fue tan así de simple. Mi incursión en el esquí fue el producto de un arduo proceso de decisión, de preparación mental y física, y de una no menor inversión financiera.

Déjenme explicarlo mejor.

A diferencia del boxeo, disciplina deportiva sobre la que sí tenía un vasto conocimiento teórico gracias al sistemático estudio de las películas "Rocky", "Rocky II, "Rocky III", "Rocky IV", "Rocky V" y "Rocky Balboa", sobre el esquí no tenía más información que la que pude haber absorbido haciendo zapping con el control remoto, buscando algo interesante en la televisión. Uno va cambiando de canal dedicándole medio segundo a cada uno, identificando la temática de cada programa, hasta que se topa con algo que le interese: megaconstruccio… no, click; cómo cambia el look de una mina cuando la visten bie… no, click; la señal se encuentra momentáneamente suspend… no, click; un programa sobre esquí, no, click; cadena nacio… no, click… Y así.

En consecuencia, todo lo que he absorbido sobre el esquí se limita a una sucesión de imágenes inconexas, incompletas y esparcidas en el tiempo, que deben sumar, a lo largo de toda mi vida, unos 35 segundos -fotograma más, fotograma menos-, lo que ubica mi conocimiento sobre este deporte apenas por debajo de mi sapiencia sobre cirugía de ojos, que es otra de las cosas que uno pasa rapidito y casi sin mirar cuando se está haciendo zapping.

Pero resulta que desde hace casi cuatro meses vivo en Santiago, Chile, donde -según parece- el esquí es el deporte nacional. Las montañas están ahí nomás, a unos minutos de viaje. La gente dice: "Me voy a esquiar, po", como quien dice: "Me voy a hacer un asado". Todos mis compañeros de trabajo llegan a la oficina los lunes y hablan con entusiasmo sobre todo el esquí que hicieron durante el fin de semana, hablando de velocidades alcanzadas, kilómetros recorridos, maniobras arriesgadas, y hasta de algunas caídas aparentemente muy graciosas, porque todos ríen, se congratulan y se palmean las espaldas, dando a entender que la pasaron fenómeno. Cuando me preguntan a mí por mi fin de semana, y yo respondo que me quedé encerrado en mi departamento leyendo una Condorito, rápidamente la improvisada reunión se disuelve y todos vuelven con semblante serio a sus puestos de trabajo sin congratularme ni palmearme la espalda, dejándome solo, bebiendo mi jugo de chirimoya.

Y fue así que luego de meditarlo mucho (o de haber bebido mucho, ahora no estoy tan seguro), fue que acepté la invitación de mi amigo Álvaro Rojas, quien el fin de semana pasado me sugirió la idea de ir a esquiar. Alguna vez tenía que intentarlo y, además, el hecho de que mi amigo Álvaro no fuera uno de mis compañeros de trabajo (sino que lo conocía de otro lado) resultaba una ventaja imbatible: en la puta vida iba yo a aceptar una invitación a esquiar por primera vez con mis compañeros de trabajo. Un tropezón, un movimiento en falso, una rodada torpe, el convertirme en el primer muñeco de nieve con genoma humano, cualquier cosa de esas habría provocado un nivel de burla y risas a mis espaldas que me obligaría a renunciar a mi empleo y buscarme la vida vendiendo sopaipillas en los semáforos de Santiago.

Sin embargo, lo primero que hay que saber es que el esquí no es una actividad que uno pueda comenzar de un día para el otro, producto de un capricho o de un súbito interés. No. Antes de aventurarse a la práctica del esquí se vuelve imprescindible una seria y sólida preparación. Una seria y sólida preparación académica, que le permita a uno obtener un buen empleo, prosperar, y luego de muchos años de trabajo aplicado poder llegar a ahorrar una pequeña fortuna, indispensable a la hora de afrontar los costos relacionados con la práctica del noble deporte de las nieves eternas.

En primer lugar hay que hacerse con el equipo necesario. Y todo de una vez. Porque el esquí no es uno de esos deportes que para probar si a uno le gusta alcanza con una inversión mínima, o nula. Si uno quiere iniciarse en otros deportes extremos como, por ejemplo, el "salir a correr", con un par de zapatillas baratas alcanza y sobra. Después, si ves que la cosa te gusta, te comprás unas zapatillas más caras, o una camiseta dry-fit, o una vincha, ponele. Si querés intentar con "hacer flexiones de brazos", lo mismo.

Pero con el esquí, no. Uno no puede decir: "bue, me ato dos tablas de madera a los pies y vamos viendo qué onda". No. Uno, antes de siquiera pisar un centro de esquí, tiene primero que apersonarse en un banco, solicitar un crédito, esperar a que se lo aprueben, y luego ir a comprar el "equipo de esquí", que es como el "equipo para viajar al espacio", pero más caro. Uno tiene que comprar esquíes, bastones de esquí, botas de esquí, pantalón de esquí, campera de esquí, antiparras de esquí, gorrito de esquí, guantes de esquí y otras cosas de esquí que, sumadas, terminan costando más o menos lo que un MBA en una universidad estadounidense.

Por supuesto, si uno no quiere comprarse todo ese equipo para su primera incursión en el esquí -no sea cosa que, más tarde, uno descubra que no le gusta-, también existe la posibilidad de ALQUILAR el equipo directamente en el centro de esquí, en cuyo caso todo termina resultando MÁS CARO.

Y una vez que te compraste todo eso, más te vale que te GUSTE el esquí, porque otro de los inconvenientes que tiene este deporte radica en que si descubrieras que el esquí no te gusta, o que no sos muy apto, todo ese equipamiento que compraste no te sirve para una mierda más que para, eventualmente, disfrazarte de esquiador en una fiesta de disfraces.

Porque, la verdad sea dicha, la ropa de esquí es básicamente incómoda. Con toda la ropa de esquí puesta uno tiene la misma libertad de movimientos que la de un astronauta, pero cuando todavía está amarrado al asiento del cohete y la cuenta regresiva va por el 3 o el 2.

Tomemos, por ejemplo, la "bota de esquí". La bota de esquí fue inventada en la Edad Media, aunque en ese entonces se la conocía como "bota de tortura". Tuvo gran éxito a fines del siglo XV, en los albores de la Inquisición Española, obteniendo más "confesiones" que otros instrumentos de tortura -como el garrote vil o la doncella de hierro- al provocar un dolor inenarrable en los pies de las víctimas. Con el tiempo fue cayendo en desuso, un poco porque los mismos inquisidores empezaron a pensar que tal vez se les estaba yendo la mano, y otro poco porque su colocación en los pies de los interrogados resultaba demasiado complicada, incluso hasta para el más avezado de los verdugos.

Tuvo un resurgimiento siglos después, cuando volvió a fabricarse y comercializarse como "bota de esquí", pero confeccionada con materiales más modernos, más caros y que -fundamentalmente- provocan un mayor sufrimiento por parte del usuario.

Pero, en fin… Ya le había dado mi palabra a mi amigo, así que luego de firmar unos cuantos papeles en el banco obtuve un crédito a una tasa razonable, que me permitió comprar mi equipo de esquí.

La cosa es que, con mi flamante equipo a cuestas, al llegar al centro de esquí se me comunicó que debía continuar con la erogación de dinero, esta vez para comprar los tickets o "pases", nombre que no por casualidad tiene relación con el consumo de la cocaína, toda vez que cada uno de estos "pases" tiene un precio similar al de un kilogramo de cocaína de máxima pureza.

De nada sirvió intentar explicarle al tipo de la entrada que yo sólo quería entrar a ver qué onda, que no creía posible que en mi primera visita a un centro de esquí decidiera tirarme con mis esquíes por la ladera del Aconcagua, el Everest, el Kilimanjaro, o como cuernos se llamara la montaña ésa a la que me llevaron), y que si no había descuento para discapacitados deportivos. Tampoco me sirvió el argumentar que la nieve es un fenómeno climatológico y, por lo tanto, DE TODOS, y que pretender enriquecerse cobrándole a uno por permitirle caerse en la nieve es casi tan poco ético como cobrar por permitir que uno chapotee en un charco de lluvia.

Por suerte, una rápida llamada a mi contador -quien a su vez llamó a mi banco- permitió que se me ampliara un poco más el crédito, y pude así hacerme de un "pase" que me abrió las puertas a las pistas de esquí, el uso de los andariveles, las aerosillas, los elevadores, las redes de contención y la música moderna que pasan por los altoparlantes del bar.

Cosas que, por supuesto, nunca usé. Bueno, la música sí, ponele.

Pero lo demás, no.

El primer inconveniente fue ponerme la bota. La primera. Estuve una hora, una hora y media, para lograr meter mi pie izquierdo en la primera bota, lidiando con media docena de cerrojos y llaves de seguridad, y con el hecho de que estaba metiendo mi pie izquierdo en la bota derecha. Pero entró. En medio del proceso, tuve la sospecha de que me había fracturado el metatarso, pero una vez que el pie había entrado, no podía permitirme el lujo de volver a sacarlo para certificar la fractura. Media hora después, ya me había puesto la segunda bota. Esta vez me llevó mucho menos tiempo, ya que -para acelerar el trámite- previamente tomé la precaución de pedir prestada una maza y martillarme el pie con todas mis fuerzas, rompiendo en muchos pequeños fragmentos los 26 huesos que lo conforman, maniobra que resultó de suma utilidad para ponerme la segunda bota sin tanta complicación.

Puestas las botas, puestos los esquíes, puestos los guantes, puestas las antiparras, ya estaba listo para lanzarme cuesta abajo.

Pero YA ESTABA cuesta abajo. Lo que tenía que hacer ahora -me indicó mi amigo Álvaro- era ir CUESTA ARRIBA, y dejar que la gravedad hiciera su trabajo, lo que al parecer encierra todo el encanto, la fascinación y lo divertido de este deporte. Mi amigo no consideró prudente subirme a una aerosilla y, una vez arriba, empujarme barranca abajo, así que me dijo:

-Mirá, para practicar un poco, andá un poco para allá… ¿Ves que allá está más altito que acá? Bueno, andá hasta allá y deslizate hasta acá de nuevo…

Allá estaba a unos tres metros de acá, pero unos cuantos centímetros más ARRIBA que acá. Eso implicaba que yo tenía que subir un plano inclinado cubierto de nieve, y con unos treinta kilogramos de equipamiento en mis pies, equipamiento que tiene como únicas dos funciones: a) que sea muy fácil volver de allá para acá, y b) que sea IMPOSIBLE ir de acá para allá sin volver acá a cada paso que uno intenta dar.

Es que para la práctica del esquí resulta muy útil (casi imprescindible, diría yo) contar con una buena tonicidad en los músculos botadeesquioideo y palodeesquioideo, que no son músculos que se encuentren en el cuerpo humano en su versión "base", sino que son músculos accesorios que se desarrollan con el tiempo, tras muchas clases de esquí, muchos "pases" y muchos cientos de dólares invertidos.

Así que, tras unos veinticinco minutos de caminar en el mismo lugar como quien camina sobre una cinta transportadora (pero con la incomodidad adicional de llevar instrumentos de tortura aferrados a los pies), soborné con los pocos pesos que me quedaban a dos chicos para que me empujaran hacia allá. Una vez allá, les pedí que me dieran vuelta y que me soltaran.

Y ahí sí… Como si lo hubiera hecho desde siempre, como si hubiera nacido para ello, como si mi cuerpo y la montaña fuésemos uno… esquié. Sentí el viento helándome el rostro, la adrenalina bombeando por mi organismo, la velocidad aumentando…

Por unos tres metros, más o menos. Hasta que llegué de regreso a acá y me detuve. Habrían sido tres metros, habrían pasado diez segundos y habría alcanzado una velocidad máxima de un kilómetro por hora. Pero había esquiado.

Ni por todo el oro del mundo… Digo más: ni aunque se ofrecieran a reembolsarme todo lo que llevaba gastado hasta ese momento pensaba yo volver a repetir todo ese tormento. Y además, ya estaban por cerrar el centro de esquí. Así que pensé: "Listo, ya esquié. A la mierda.", y me fui al barcito a tomar un café.

Ahí descubrí que tomarse un café en un centro de esquí resulta un poco más caro que alimentarse por una semana en un restorán de aeropuerto, pero eso no iba a empañar mi sensación de victoria, mi sentimiento de haber dominado a la Naturaleza, el saber que había esquiado…

Y de haber encontrado, una vez más, una excusa para que ustedes, irrespetuosos de mierda, se rían y se burlen de mí.

Creo que el esquí ha terminado para mí. El sólo pensar en volver a ponerme esas botas hacen más seductora la idea de intentar romper adoquines a patadas, con los pies desnudos.

Pero las montañas siguen allí, tan cerca. Y son tan hermosas…

Déjenme pensar un poco más el tema del andinismo y otro día volvemos a hablar.

17 comentarios:

Maximus dijo...

Con cariño te digo esto: pedazo de b*ludo, me hiciste escupir el café y cagarme de risa mal, ahogarme enfrente de diez tipos en la oficina.

Seh, me alegraste el día. Estúpido y sensual Lacanna XD

el hermano de Lacanna dijo...

Marce, se alquilan. http://thumbs.anyclip.com/tJRnW9bLN/tmb_4389_480.jpg

Amanda Stein dijo...

Uy, cómo me tentaste. Ahora muero por aprender a esquiar.

Chinita Jodida dijo...

Bueno, al menos se le puede reconocer la tenacidad, intentando una y otra vez practicar algún deporte, no?

r.- el corre ambulancias dijo...

Que será un sopaipillas.
Gracias por volver a escribir

elBruche dijo...

Hace unos días vi, por casualidad, no vaya a creer que se me da por el stalking ni mucho menos, que estaba morando detrás de la cortina de hie..., perdón, de la cordillera y le escribí unas palabras en ese coso del FB. Bueno, ni pelota, no importa, ya nos tiene acostumbrados a sus ausencias, seis meses no es nada.
Ahora me informo que no sólo está viviendo en Chile si no que también está intentando adquirir las costumbres del lugar, hecho que me parece mucho más preocupante (al punto de comparar, so hereje, hacer un asado y subirse a una montaña).
Desde ya le digo que el día que le diga a su señora novia "mi polola" o use más de dos veces en una frase la palabra "huevón" mejor saque visa de residente, porque sus amigos, los de este lado le digo, lo van a estaquear al Obelisco con o sin botas de esquí.
Bueno, con respecto a su nota, señor Lacanna, me agarró en un día de mierda, de esos días que el humor de los perros en comparación es un cago de risa, y agradezco que haya sido en un día como estos, porque me devolvió la sonrisa por un rato, que no es poco, no es poco, Lacanna.
Como siempre, gracias totales.

PD: Por lo menos ya sé dónde va a estar el 15 de septiembre.

Condesa Shortshot dijo...

Mi estimado,
Creo que deberías ir planeando empezar rafting o surf para tu próximo post...

Anónimo dijo...

Debo decir que sí, ya me pololeó... (la novia de Lacanna)

Marcel Peralta dijo...

Te extrañaba Marcelo!!! Salvando las distancias, en mi primera y única experiencia con los esquí me sentí igual. Te comprendo y adhiero absolutamente!!!

Fernando Puñet dijo...

Ahhh, qué manera de cagarme de risa por favor! Queremos más experiencias con deportes extremos!!!
(Gracias por la risa)

Marcos dijo...

Muy bueno el post Marcelo, muy gracioso!. A reconsiderar deportes extremos VS pelis en el cine.

Abrazo!

unServidor dijo...

Cuando vi que a los 3 metros paraste, suspiré aliviado.
Qué nervios si seguías.

Por eso, el mejor deporte extremo es la observación de aves. Te lo recomiendo. En un país de huevones, aves debe haber.

Abrazo grande.

Obelisco Enforrado dijo...

Una vez que nuestra edad adquiere características de número telefónico argentino (con el 4 adelante) y que nuestro estado físico prevalece, apenas, al de Stephen Hawking, es hora de considerar seriamente la posibilidad de hacer a un lado nuestra curiosidad por los deportes extremos y conformarnos con la práctica del dominó o del backgammon que, dicho sea de paso, se llevan de maravillas con el consumo simultáneo de destilados escoceses.

Javi Hildebrandt dijo...

Hacía rato que no me reía tanto. Genial. ¡Y suerte para la próxima!

Fasmid dijo...

Desde los lejanos 90 que no leía un texto Lacanniano.

Fasmid dijo...

Tremendo.

Anónimo dijo...

Como puede ser que no escribas nada de nada!. No es justo!