viernes, 9 de septiembre de 2005

PADRES CONSEJEROS

Del libro Rompiendo Huevos, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1994.
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Una de las primeras nociones que aprende un niñito, apenas nace, es que los padres siempre tienen la razón.

Cierto es que este aprendizaje tiene poco de académico y de método científico: el primer chirlo es mucho más didáctico que la Enciclopedia Británica, simplemente porque no deja resquicio para la discusión. Dos o tres palizas más, y ya podemos dudar de cualquier cosa, pero no de que los padres siempre tienen la razón.

Durante nuestra infancia, esta omnisapiencia paternal es manifestada con voz resonante y bien modulada, y en modo de orden, por ejemplo: "Vamos a lo de la tía", "Eso no es para chicos", "Estudiá" o "Hacé los deberes".

Mamá dice: "Ponete la camperita; va a refrescar", y a cagarse en el pronóstico meteorológico que anuncia cuarenta y tres grados a la sombra, y a cagarse en que uno tiene calor, en que efectivamente hace calor, y en que en una mañana de enero en la que el Sol voltea a los pájaros de los árboles, difícilmente "refresque" hasta el punto en que se haga imprescindible una camperita.

Cualquier apelación a este tipo de indicaciones es inútil, en gran parte debido a que nadie puede tener en cuenta un discurso opositor esgrimido por un ente que no supera el metro de estatura, no pronuncia bien la erre y se echa a llorar al menor grito.

Ahora bien, cuando el ente mencionado ya pasa el metro setenta, pronuncia perfectamente las erres —especialmente la de "que te reparió"— y ya no es clasificado como "niño", sino como "preadolescente", entonces la cosa cambia. Las órdenes, otrora indiscutibles, son rebatidas con pasmosa efectividad mediante frases del tipo: "¡No quiero!", "No se me canta" o la más elaborada "Dejame de hinchar las pelotas".

Con el tiempo, los padres comprenden que una voz resonante y bien modulada no sirve de nada frente a un monstruo de un metro noventa y ochenta y cinco kilos de peso. Entonces, descubren que ha llegado el momento de cambiar de táctica.

Cuando los padres entienden que las órdenes no sólo ya no causan efecto o, peor aun, causan el efecto contrario al pretendido, buscan una nueva manera de decir lo mismo, pero con otras frases que preferentemente no requieran de verbos conjugados en modo imperativo.

En esta etapa hacen su aparición los consejos.

El consejo paterno o materno —especialmente este último— es una orden encubierta. Difieren sólo en el enunciado y en que un consejo no es avalado por un chancletazo en el culo, sino por gastados clisés tales como: "Te lo digo por tu bien", "Te lo digo yo, que tengo experiencia", "Más sabe el zorro..." o el clásico "Te lo digo yo, que soy tu madre". Este último modismo es uno de los más utilizados, ya que en esta sociedad occidental y cristiana el ser "tu madre" le otorga a cualquier persona autoridad total para dar su opinión sobre cualquier tema del que se esté hablando, desde problemas de pareja a los aldehídos y sus derivados, pasando por los conflictos laborales, las dinastías gobernantes de la Rusia zarista o la formación ideal del equipo de rugby del Club Pacific.

El ser "tu madre" (y lo que esto realmente encierra: "Yo te quiero mucho y sólo deseo tu bien; hacé lo que yo te digo") pretende darle a un consejo la misma fuerza y respaldo que para una orden tenía el "... o te fajo". Y no sólo lo logra, sino que lo supera con creces, ya que desobedecer una orden no es tan grave como desoír un consejo, por cuanto el dolor de una paliza se pasa, el enojo se esfuma y las penitencias se cumplen, pero el no darle bola a un consejo de "yo, que soy tu madre", hace que ella, "que soy tu madre", empiece a joder con que "claro, ya estoy vieja, no me das más bola, ¿no te das cuenta de que te lo digo por tu propio bien?, pero no, dejá, dejá, yo ya no sirvo para nada, total.., ya me voy a morir algún día, y ahí todos van a decir mamá tenía razón, cuánta razón tenía mamá... ya me vas a entender cuando tengas un hijo... ay, Dios".

Tanto más fácil es bancarse un ojotazo en el culo que llevar adelante un trauma que no te lo quita ni el XXXVIII Congreso Internacional de Psicoanalistas.

Pero estos consejos adolecen también de una casi total falta de practicidad. Son consejos simples, tan simples que por su propia simpleza se vuelven impracticables.

Veamos algunos ejemplos de estos sapientísimos consejos paternos y/o maternos, que tanto bien nos causan y tantas soluciones nos ofrecen.

CONSEJOS PARA GOLPEADOS. Uno, preadolescente que recién comienza el primer año de la secundaria, aprende en el primer día de clases que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos y que un grandote de quinto año, apellidado Difilippi, pega fuerte.

Uno regresa a su casa cabizbajo, y con un ojo entre violeta y negro.

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué te pasó? —se alarma "yo, que soy tu madre", cuando nos abre la puerta.

—Nada. Me cagaron a piñas. Eso pasó.

Uno le resta importancia al hecho, cosa de no preocupar mucho a "yo, que soy tu madre", y además porque, visto con filosofía, no hay mucho por hacer; en la vida unos fajan y otros son fajados.

A la noche, durante la cena, papá —previamente puesto al tanto de la situación por mamá— nos habla:

—¿Te puedo dar un consejo?

Uno levanta la vista —la semivista, más bien, ya que el ojo izquierdo se resiste tenazmente a abrirse—, tratando de imaginar cuál sería un consejo práctico para este caso, pero "ponete hielo" ya nos lo aconsejó mamá.

—¿A ver?

—Cagalo a trompadas.

Ah, sí, bueno. Ya voy. ¡"Cagalo a trompadas"! ¿Cómo no se me ocurrió antes? Lástima que Difilippi pesa cuarenta kilos más que uno, pega como Jack Dempsey cuando se encabrona, y es el más debilucho de toda su barra de amigos, amigos a quienes les importa poco la ética deportiva y que no dudarían en dejarnos parapléjicos a piñas si nos acercáramos a una distancia menor a los quince metros.

CONSEJOS PARA PATEADOS. Tiempo más tarde, uno tiene su primer desengaño amoroso: nuestra novia nos deja por otro. Nada demasiado grave, si se tiene en cuenta que en estos tiempos que corren podríamos tener problemas peores, tales como descubrir que nuestra primera novia es transexual, o convertirnos en un niño—padre de sextillizos, o algo por el estilo.

Nuestra novia nos dejó. No es para tanto, pero duele. Y como toda cosa que duele, nos hace llorar. Quizás, y si la queríamos mucho, podemos perder algo de apetito y no dormir bien durante las noches.

Es entonces cuando hace su estelar aparición "yo, que soy tu madre" y nos pregunta qué nos pasa. Uno, un poco porque quiere desahogarse, y otro poco porque es la vieja, le cuenta todo, con lujo de detalles, y le dice que está sufriendo mucho, todo entre hipos, sollozos y sonadas de nariz.

Mamá, que hasta el final nos estuvo escuchando comprensivamente, con una sonrisita de "ay, mi pollito" nos dice:

—¿Te puedo decir algo?

Uno para de llorar y se seca las lágrimas ilusionado. El problema es sobre mujeres y mamá es mujer: ¿quién mejor que ella para darnos un buen consejo? Uno fantasea con lo que mamá nos vaya a decir: "Llevale flores y decile tal cosa", "Cantale una serenata en la puerta del colegio", "Escribile una carta", cualquier cosa, cualquier cosa será bienvenida.

—¡Sí, decime!

—No te hagás malasangre. ¡La mierda! ¡Qué consejo! ¡"No te hagás malasangre"! Bueno, de acuerdo, ¿pero cómo? Uno espera una solución, y ella nos viene con que no nos hagamos malasangre. ¡Se me fue la mina! Si me querés ayudar o me traés a la mina, o me traés un revólver, pero no me pidas que no me haga malasangre. ¿Qué solución es ésa? Si me hago malasangre es precisamente porque no puedo evitarlo.

CONSEJOS PARA BOCHADOS. Uno está preparándose para el último final de la última materia del último año de su carrera y se mata estudiando, olvidándose de cualquier actividad secundaria como dormir, comer o bañarse. Uno está nervioso como chancho en matadero, por más que haya dejado para rendir en último lugar la materia más fácil del programa: "Las vocales, ¿cuáles son?".

Llega el día, y, por supuesto, nos hacen polvo por culpa de una perfecta combinación de nervios, más nervios y un profesor hijo de un batallón de putas, que seguramente la noche anterior no anduvo bien con su mujer.

Uno llega a su casa clínicamente muerto, pero poco a poco va recuperándose de la depresión, al punto tal de que pasados cuatro meses ya puede dejar de alimentarse por vía endovenosa.

Y ahí llega "yo, que soy tu madre" para reconfortamos con uno de sus consejos:

—Bueno, no te pongás así. Para la próxima vez estudiá bien y vas a aprobar.

4 comentarios:

María dijo...

Me impresiona mucho este relato, Marce. No sólo por lo vigente y atemporal, sino porque me despertó la sospecha de que mi misma "yo, que soy tu madre" sea una gemela perdida de la suya. O peor, las hayan entrenado en la misma escuela.
Yo, que he visto más de una película de esas de conspiraciones enormes, que he padecido a la salida del cine de ver The Truman Show la mirada extrañada de la gente al ir por la calle buscando cámaras ocultas hasta en la parada del colectivo, que no soy muy paranoica porque la vida de campo no me ha dejado margen, yo, le digo...esto está armado.
En el momento en que se reciben de madres les hacen firmar un contrato o algo así...
A mí no me engañan..

Anónimo dijo...

soy mama pero es dificil serlo no se como hablarle y solo tirnr 3años es uns niña tan expontanea que no se como tratarla es imposible que de buenas a primera me entienda lo que le digo pero hay boy es todo gracias

tequesta dijo...

anonimo ... WTF????

Marcela dijo...

"Para la próxima vez estudiá bien y vas a aprobar" ... la detestaba con todo mi ser.