jueves, 8 de septiembre de 2005

ESTOY HARTO DE COMER BASURA

Del libro Rompiendo Huevos, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1994.
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Hace unos cuantos años las obligaciones de las mujeres estaban bien claras y definidas: criar a sus hijos, ocuparse de la casa, mantener entretenidos a sus maridos, hacer las compras y limpiar las porquerías del perro.

Y, por sobre todas las cosas, encargarse de cocinar.

Hoy en día las cosas no son como antes: encontrar una mujer, no ya que cocine, si-no que permanezca en su hogar conyugal durante tres semanas seguidas, es un fenómeno digno de consideración; pero eso ya es otro tema.

Mi madre, así como la ven, es toda una pionera en eso de la liberación femenina. Pero su militancia es más bien de índole inconsciente. Ella no encabeza marchas, ni se postula como panelista en programas televisivos conducidos por viejas que se creen jóvenes por el solo hecho de comer verduras.

Mi vieja combate diariamente, sin bajar la guardia, contra uno de los más arraigados conceptos machistas de esta sociedad; más precisamente, el que dice que la mujer debe cocinar para los suyos.

Pues ella no cocina. Si bien es cierto que no lo hace por convicción, sino por ignorancia, lo suyo es admirable. Mi vieja, sin saberlo, resulta todo un ejemplo para las mujeres modernas.

Ella se niega sistemática, coherente e inexorablemente a cocinar. Simplemente porque no sabe. Así como hay gente que no nació para las matemáticas, o para la música, o para el canto, mi vieja no nació para nada que tenga que ver con cacerolas y espumaderas. Y lo mío no es menos admirable. Así como hay gente que cobra dinero por someterse a las primeras pruebas de una droga o un medicamento nuevo, yo he servido como conejillo de Indias —y gratuitamente— de cuanto alimento sintético se haya desarrollado desde hace veinte años a esta parte. He crecido alimentado a comida en lata, chikenitos, supremitas deshidratadas, suplementos vitamínicos, ensaladas de fruta bioenergizadas, jugos concentrados y sopas en cubitos.

Así como hay chicos, criados en las grandes ciudades, que cuando se les pide que dibujen un pollo enseguida abocetan un pollo muerto, amarillo, desplumado, sin cabeza y listo para meterlo en el horno, cuando a mí se me pide dibujar un pollo, enseguida pienso en una caja congelada.

En vano fueron todos los ruegos, todos los pedidos, todas las súplicas y todos los llantos en pos de una comida natural y artesanal; por más voluntad que mi madre pusiera, nunca pasamos la etapa de los Giácomo Capelletini con salsa pomarola Cica, y disculpen ustedes la mención de tantas marcas; créanme que no es publicidad encubierta, sino un reflejo condicionado: pienso en fideos con tuco y me viene a la mente el concepto "Giácomo con Cica"; pienso en naranjas y veo "Tang"; me imagino una sopa y mi mente me dicta "Knorr".

Si gustan invitarme a un restaurante y me obligan a pedir un plato sofisticado, notarán que pido una napolitana con fritas, pues créanme si les digo que me resulta difícil concebir un plato más sofisticado que ése.

Y hace unos años, para complicar aun más la situación, apareció en mi casa un moderno freezer.

El plan estaba bien pensado: llenarlo con comida ya hecha —rigurosamente comprada en rotiserías y restaurantes— y dedicarse a saborear a toda hora esos manjares preparados por manos, no digo maestras, pero al menos capaces.

Pero apareció enseguida el primer inconveniente.

Ya se sabe: uno de los argumentos favorables más esgrimidos por los propietarios de freezers es el de la practicidad. Supuestamente, uno llega del laburo o de la escuela, saca del freezer un par de bifes, los tira sobre la plancha y luego se los come. Bueno, no es tan así, tan fácil. Lo que uno saca del freezer es una especie de pequeña baldosa roja, con forma parecida a la de un bife, con una temperatura inferior a los dieciocho grados bajo cero, y tan fácil de descongelar como el glaciar Perito Moreno.

Usted dirá: "Sí, claro, lo que necesitás es un microondas para descongelar lo que el freezer congela".

Bue, sí, ta bien. Puede ser, aunque si vamos a ser sinceros, lo que necesito es una madre que sepa cocinar lo suficiente como para poder prescindir de freezers, microondas, parrillas electrónicas y demás aparatos que no sólo cuestan una fortuna, sino que dejan un churrasco con gusto a agua hervida. Pero bueno, en fin, supongamos que lo que necesito es un microondas.

Ya tengo el microondas. ¿Y ahora qué hago?

Porque usted no sabe lo ducha que es mi vieja con los aparatos electrónicos… así que andá a enseñarle a manejar un artefacto que para cocinar una papa requiere el ingreso de un código de veintitrés cifras impares, código que difiere con el necesario para preparar un lomo a la pimienta sólo en la última cifra.

Otra cosa que nunca llegué a comprender de estos aparatos y de mi madre es la siguiente: si se compra, por ejemplo, un lindo pollo al espiedo y se planea comerlo al día siguiente... ¿para qué carajo zamparlo al fondo del freezer para que se petrifique y aguante hasta la segunda venida de Cristo? Con colocarlo en el viejo y noble crisper de la heladera alcanza y sobra.

Además, si a uno le gustan las pastas frescas, no ve con mucho agrado que le sir-van en el plato unas cosas precongeladas, postcalentadas, vueltas a congelar, vueltas a recalentar y que encima intenten convencernos de que se trata de ñoquis.

Ahí tienen ustedes a mi madre, su freezer, su microondas y ni la menor voluntad para aprender a utilizarlos. Ahí tienen un freezer nuevito, con poco uso, que sólo sirve para hacer cubitos más rápido. Ahí tienen ustedes un microondas flamante, que sólo se lo utiliza para calentar el agua para el café. Y ahí me tienen ustedes a mí, con veintiún años y una úlcera perforada, gracias a una alimentación que no se la deseo ni a un chancho.

Por lo pronto, si alguien desea invitarme a cenar, quedaré agradecido de por vida.

Yo llevo los vinos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hubiera sido interesante, superada cierta edad, aprender a cocinarse solo, m`hijito.

Lady Marinela dijo...

Yo te invito a comer comida mexicana. Comida 100% hecha en casa e higiénicamente. Odio los conservadores, no como más que cosas naturales.
Tú pones el "pisto" (vino)

Corina dijo...

Gracias Lacanna, cuando mi hijo adolescente de 19 años pregunte que hay para cenar, en vez de responderle siempre lo mismo, , le voy a mandar a tu blog, asi no se siente tan solo =)

Marcela dijo...

Me senti identificada con MamaLacanna ... Ser esposa/madre y no saber cocinar habla de un carácter que excede todo tipo de mitos.