sábado, 10 de septiembre de 2005

LOS RIESGOS DE LA PRIMOGENITURA

Del libro Rompiendo Huevos, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1994.
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Ser el primer hijo no es cosa fácil.

Uno se transforma, desde el mismo instante en que nace —en rigor, desde antes—, en el indefenso cobayo de cuanto experimento sobre puericultura y psicopedagogía se le ocurra a nuestros bienintencionados pero inexpertos padres.

Uno viene a ser algo así como un prototipo de hijo, con el cual papá y mamá van probando y descartando distintas teorías sobre educación y crianza y, si todo sale bien, esas mismas teorías podrán ser aplicadas sin riesgos en los hijos venideros.

Apenas nacemos, nuestros padres saben tanto sobre ser padres como nosotros sobre ser hijos, de manera tal que nos vamos educando unos a otros con resultados discutibles: nuestros padres terminan la experiencia preparados ya para tener otro hijo de taquito, y nosotros vamos derecho a un analista que nos cure todos los traumas y todos los complejos.

Existen muchísimas diferencias entre el primer hijo y los que le siguen. Una de las más importantes es que a estos últimos los cría una madre experimentada y canchera, mientras que al primero lo educan la revista Vivir, los programas de Borocotó, los consejos de la abuela Ñata, el suplemento maternal del diario y una pila así de folletitos y recortes de periódicos, lo que configura una suerte de crianza multimedia que nos confunde un poco, al punto tal de llegar a besar la pantalla y gritar: "¡Papá!" cada vez que aparece Socolinsky en el televisor.

Pero además de todo esto, ser el primogénito trae otra complicación tanto o más peligrosa que eso de ser criado por una revista: siendo el primer hijo, uno es un rompehielos en el Ártico; uno se parte la cabeza allanando el terreno de cuanto hermano venga después.

A ver si me explico.

Del primer hijo se lo espera todo. Todas y cada una de las fantasías y las expectativas de un padre y una madre se depositan sobre el primogénito. El hijo mayor debe ser médico, abogado o contador. O todo junto. Debe ser un alumno ejemplar, con medalla de oro hasta en Comportamiento en los Recreos. Si es varón debe voltearse a todas las minas, y si es nena debe llegar virgen al segundo matrimonio.

Debe moverse entre las estructuras laboriosamente diseñadas por mami, papi y el doctor Borocotó, que a esta altura ya es como de la familia.

Pero si rompe, quiebra, resquebraja o siquiera dobla alguna de estas estructuras, chau, se pudre todo. Pero sólo para él. Para los hermanos menores está todo bien.

El que viene después ya tiene más de la mitad del trabajo hecho. Las estructuras rotas, quebradas, torcidas y dobladas le dejan más espacio para moverse con comodidad. Y si alguna estructura se mantenía todavía en pie, seguramente se encuentra lo suficientemente apaleada y debilitada como para tirarla abajo de un solo soplido.

Analicemos el caso que más conozco, que es precisamente el mío.

Cuando yo tenía quince años, oportunamente fui interrogado sobre mi vocación. Durante una noche de verano que no voy a olvidar en toda mi vida, mi viejo, adoptando una pose que aunaba a Don Corleone, Homero Simpson y Arturo Puig, preguntó:

—¿Y vos qué pensás estudiar?

Tímidamente, porque sabía que mi viejo sólo esperaba como respuesta una carrera cuyo título implicara anteponer a mi nombre las palabras: Doctor, Profesor, Licenciado, Su Señoría, Su Alteza o Su Santidad, contesté:

—Y... no sé... a mí me gusta escribir...

Por la expresión en su rostro, papá seguramente se había dado cuenta de que ese "a mí me gusta escribir" no tenía nada que ver con ser médico, contador o abogado. Se armó un pintoresco quilombo que con el tiempo fue pasando. Digamos que yo salí más o menos bien parado del asunto —por eso mismo ustedes están leyendo esto—, y mi viejo se hincha de orgullo cada vez que ve mi nombre —y fundamentalmente su apellido— escrito en letras de molde, pero enseguida retoma su actividad de romperme las pelotas hasta la aparición de un nuevo número de una revista que tenga una nota mía.

Una vez que mis viejos se hubieron convencido de que su hijo carecía de una profesión cuyo ejercicio requiriera de título habilitante y diploma ad hoc, del segundo no esperaban gran cosa: de punga para arriba, cualquier cosa venía bien. Por esa razón, mi hermano Claudio, hoy con diecisiete años, ante la pregunta de rigor sobre orientación vocacional respondió: "¡Guitarrista!", y andá a decirle que no. El tipo te sale con que "si Marcelo escribe, yo toco la guitarra".

¿Y ustedes creen que se armó despelote?

Pues no.

Y ahí está el mocoso, dale que te dale con la guitarrita. Y ahí están mis viejos comentando "lo lindo que toca el nene". Y, para colmo, el nene parece que realmente toca bien, y hasta el mismísimo Pappo le echó el ojo y le permite ensayar en su casa y con sus equipos.

Y ahora… guarda con molestar al nenito cuando está ensayando, que mi vieja le parte el alma a cacerolazos a quien ose interrumpir al niño genio.

Sin desestimar el talento o la suerte del "niño genio", el borrego está trotando por el camino que le alisé yo, la verdad sea dicha. Si yo volvía a mi casa tarde, digamos a las tres de la mañana, mi hermano puede ahora volver también a las tres de la mañana, pero de dos días más tarde, y nadie le dice ni mu.

Si yo alguna vez volví de madrugada ligeramente alegre y me tuve que bancar que me metieran vestido en la bañera llena de agua helada mientras me recagaban a pedos, el mocoso puede volver una mañana con más alcohol que sangre y sólo se lo reta un poco porque "es su primer pedito, pobre almita...".

En fin, cualquier cosa que él haga yo la hice antes y senté precedente.

Falta esperar que algún día asesine a una vieja y no se le diga nada porque yo también era "bastante travieso".

Y falta esperar que alguna vez le dedique una canción a su hermano mayor, que va adelante abriendo el camino, pero que cuando mira atrás se sorprende de lo bien que viene caminando el pendejo.

8 comentarios:

María dijo...

y pasan los años y el pelandrún sigue siendo el bebé, mientras que una es una boluda grandota que sieempre tiene que poner el ejemplo.
quelosparió!

Naty dijo...

Psss...

Probá ser hijo único toda tu vida y después hablamos...

Vix dijo...

Eso!!! eso, Naty!!

Como hija única ya definitiva puedo aseverar que la hijauniquez es mucho pior! porque nunca podemos bajar la guardia. De nosotros se espera todo y siempre. No hay recreo. Y encima uno es el único con rol hijistico en la familia, un garrón. No hay hermano a quien echarle la culpa, ni para pelearse por pelotudeces sin el consabido: "porque lo digo yo que soy tu padre".

Y ni hablar cuando los padres se vuelven mayorcitos y una es unica para sobrellevar su mayorcitud...

Al fin de cuentas una IGUAL allana caminos, sienta precedentes pero AL REVERENDO PEDO! INUTILMENTE! ni siquiera sirve para hacerle la vida mas sencilla a otro infeliz...

Se hará justicia.

Naty dijo...

Vamos Vix!!!

A por la victoria de los hijos únicos!!!

Eso si, la mayoría de edad de los padres (+ de 60), siempre se la podemos encajar a un geriátrico trucho y rogar que se incendie... total, los viejos ya estás viejos y el agua anda escaseando.

M@ri@no dijo...

Marcelo: No suelo postear en estos comentarios pero te leo habitualmente. Lo que quería comentar es que siempre me acuerdo de haber leído este artículo y el de "no regalen peluches xq las parejas se acaban" en original en las revistas que le "pedia prestadas" a mi viejo para leer a escondidas. Saludos!

LuLú dijo...

Como hermana mayor doy fe de que lo que decís es absolutamente cierto!

Hoy precisamente hice una gran cosa como hermana mayor: esta mañana me dice por el msn mi hermano que estaba aburrido en el trabajo, sin dudarlo le dije “lee a Lacanna” y en un par de horas se dignó a volver a dirigirme la palabra solo para comunicarme que ya había leído todo tu libro y lo más grosso de eso es que creo que debe ser el primer libro completo que el aparato este, es decir mi hermano, lee en su vida!
Aunque no comento seguido leo siempre el coso este, pero para que mi hermano haya sido capaz de terminar un libro debe ser porque es bueno de verdad, así que ahora lo voy a leer yo.
Gracias por sacarme una risa siempre!
Besos!!

Marcela dijo...

Borocotó es pediatra ? Me dejaste pensando ...

Mikita38 dijo...

Genial!!!
En su caso los dos son varones.

Yo fui primeriza en familia ponja y despues vinieron los dos con pitito!