miércoles, 7 de septiembre de 2005

¿QUIÉN ENTIENDE A LAS MUJERES?

Del libro Rompiendo Huevos, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1994.
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El castellano es un idioma muy rico, digo yo, arriesgándome a que este capítulo pierda todo interés para el lector desde la primera línea, nomás.

Pero esperen, no se vayan. Denme una oportunidad. Ya van a ver cómo me las ingenio para relacionar la riqueza del español con lo bobas que son las mujeres, que es lo que ustedes quieren leer, al fin y al cabo.

Decíamos que nuestro idioma es muy rico, lleno de palabras de todo tipo, cada una con su sinónimo, su antónimo, su parónimo y su pseudónimo, con no sé cuantas conjugaciones de verbos, pila de preposiciones y un buen número de artículos y pronombres.

¿Y para qué sirve todo esto, además de para traerles problemas a los estudiantes secundarios?, se preguntarán ustedes con todo derecho y quizás sospechando la respuesta.

Pues ni más ni menos que para hablar y comunicarlos con total precisión. Con todas estas palabras uno puede —si las dominamos con eficacia— expresar correcta y exactamente lo que queremos decir, sin confusiones.

El hombre moderno se ve obligado cada vez más a expresarse con total precisión. La vida en las grandes ciudades requiere de extrema puntualidad en el lenguaje. Una intervención quirúrgica en el cerebro, las indicaciones para construir una nave espacial y una apuesta a la quiniela son ejemplos de actividades modernas que requieren precisión en las comunicaciones.

Imaginemos a un neurocirujano que ordene practicar una incisión "por ahí, en esa circunvolución, como quien va para el lado del hemisferio derecho, ¿me interpreta?", o a un viejito que se presenta en una agencia de juegos de azar y pretenda apostar "unos mangos al veintipico". Es absurdo.

Las mujeres tienen su propio lenguaje.

Y no me refiero a la absurda creación de neologismos imperdonables como "yeguo", ni a la costumbre de anteponer un innecesario prefijo "re" a cualquier palabra, incluso las que ya de por sí comienzan con "re".

Me refiero a una especie de pseudolenguaje, a una forma de comunicación paralela a la que normalmente usamos los varones.

Ellas pretenden decir algo sin decirlo o diciendo lo contrario.

Veamos. Si un hombre está cansado de determinada actitud de su chica, por ejemplo, la actitud de ser muy puta, ¿qué hace? Se lo dice: "Mirá, che, me parece mal que seas tan puta, especialmente delante de mis familiares y amigos. ¿Por qué no vas intentando revertir esa actitud tan negativa?".

Ahí tenemos un ejemplo de un lenguaje claro y preciso. Hay un emisor (el tipo), un receptor (su novia) y un mensaje (lo de que no sea tan puta).

Si ellas, en cambio, estuvieran molestas por una mala actitud masculina… no sé, no se me ocurre un ejemplo... Son tan pocas, si es que las hay... A ver… Digamos que a ellas no les gusta que eructemos luego de beber gaseosa. ¿Acaso nos dicen eso? ¿Nos sugieren que les molesta tal actitud?

No. No lo dicen.

Pretenden que nos enteremos, pero de otra manera. Por otros canales.

Imaginemos el siguiente diálogo en la cama.

Uno, que viene notando algo raro en su pareja desde hace unos cuantos días, decide interrogarla al respecto, utilizando para tal fin las palabras más exactas, precisas y efectivas que encontramos:

—Che, ¿qué mierda te pasa?

—No sé... —dice ella interfiriendo la comunicación con un recurso evasivo.

—Sí, algo te pasa. Y tenés que saber lo que es. O te cayó mal la longaniza, o te molestó que te tocara el culo durante el bautismo de tu sobrinito, o algo...

—No sé, no sé... Algo anda mal...

—¡Sí, ya sé! Ayer te di un beso, y saliste corriendo a lavarte los dientes. ¿Qué es lo que pasa?

—Estoy esperando un gesto de tu parte...

—¿Un gesto? ¿Un gesto así como una caricia? ¿Un mimo?

—No. Un gesto especial... —aclara ella usando un adjetivo multiuso, incapaz de definir nada, y que bien puede aplicársele a un programa de computadora como a un sánguche de jamón y queso.

—¿Podrías ser algo más precisa? ¿Un gesto cómo? Decímelo, y yo lo hago...

—¡Ah, no! ¡No te lo tengo que decir yo! ¡Tiene que nacer de vos!

—Pero si no me decís qué es lo que querés que yo haga, puedo pasarme días y días pensando y probando, pensando y probando...

—Problema tuyo.

Efectivamente, uno se pasa días enteros tratando de descubrir cuál es el puto gesto que ella espera y que califica de "especial". ¿Un abrazo fuerte? No puede ser; ya la abrazamos el mes pasado... ¿Un orgasmo? Ya tuvo. Dos. ¿Un regalito? Para su cumpleaños falta mucho... ¡Puta! ¿Qué será? ¿Prestarle plata? ¡Ni loco! ¿Y si no me la devuelve?

Y así pasan los días y las semanas, y nuestra novia cada vez se aleja más, y sólo se acerca para putearnos, y uno que no descubre cuál es el gesto que ella espera, y ella está cada vez peor, y llora, y nos dice que la relación ya no tiene futuro, y sigue llorando, y nos dice que uno es un insensible y…

Vaya suspense, ¿eh?

Hasta que un día, luego de noches y noches sin dormir, decidimos despejarnos un poco la cabeza y le preguntamos si quiere ir al cine a ver Jurassic Park. Ella acepta, uno saca dos entradas, fila uno, las únicas que pudo conseguir por culpa de tanto pendejo suelto por las vacaciones de invierno y la deserción escolar, y nos pasamos toda la película temiendo que un braquiosaurio pierda el equilibrio y se desplome sobre nuestra butaca.

Cuando salimos del cine, notamos que algo ha cambiado.

Es nuestra novia.

Ella nos abraza, nos besa, nos acaricia, nos mima… Todo en medio del hall del cine, mientras los borregos nos señalan y se mofan de nosotros.

¿Qué mierda le pasó? ¿Se excitó con un velocirraptor?

No.

Es el gesto.

El gesto que ella esperaba. ¿Tanto quilombo porque quería ir al cine a ver una de dinosaurios? Sí, tanto quilombo, tanto llanto, tanto reproche, tanto misterio por una versión aggiornada de Tiburón IV.

Ahora bien, si la salvación de nuestra pareja dependía de una cuadra de cola y diez pesos de entrada, ¿por qué mierda no lo dijo? Más precisamente, ¿por qué mierda no dijo en castellano y claramente: "Quiero ir a ver Jurassic Park... ¡y que me compres pochoclo!"?

No se sabe.

Un día le comentamos a nuestra novia que el miércoles que viene pensamos ir a jugar bolos con nuestros amigos del colegio, "¿tenés algún inconveniente, gordi?"

—No, mi amor. Andá... Salí con los chicos... Hace mucho que no los ves. Yo aprovecho y llamo a Mónica y a Sandra para que vengan a ver un video a casa...

—¿En serio? ¿No hay drama?

—¡Ay, tonto! ¿Cómo va a haber drama? Yo llamo a mis amigas y hablamos de nuestras cosas, je, je, je —dice ella sonriente y, aparentemente, sincera. El miércoles, después del partido de bolos, uno vuelve a casa y se encuentra a su novia llorando, gritando y moqueando.

—¡Eeehh! ¿Que pasó? ¿La película que alquilaron era tan mala?

—¡Sos un hijo de puta! ¡Fuiste con tus amigos, nomás!

—Sí, ¿por?

—¿No te diste cuenta que yo te pedí que no fueras, que te quedaras conmigo?

—No. Vos me dijiste: "Andá, salí con los chicos…", y agregaste que no iba a haber drama.

—¡Yo te dije eso para que te quedaras! ¿Tan estúpido sos?

—Lo suficiente como para creer en lo que me dicen.

—Yo te dije que fueras para que te quedaras, ¿no entendés? Ahora ya es tarde... ¡No te quiero ver más!

¿Se entiende lo que quiero decir?

Las mujeres dicen algo sin decirlo o por oposición, y pretenden que nosotros las entendamos y obremos en consecuencia.

Y conste que escribo esto porque quiero decir precisamente eso.

Y no otra cosa.

2 comentarios:

La Srta K. dijo...

1) Lacanna es (o era) un tremendo celoso.
2) Lacanna ha salido con cada p***tuda...

Anónimo dijo...

Sr. Marcelo: leí su redaccion sobre el tema universal en cuestión, y digo universal porque pasa acá, en la China y en Saturno, y coincido con usted. Con mi esposa llegamos a un punto inflexive, igual a una separación rotunda, a tal punto que me dijo que quedaba libre de hacer lo que quiera con mi vida...tal cual rehice mi vida...que ni una semana estuve noviando con otra chica que se enteró que en pedazos y lloros me pidió volver...ahora sigo de novio pero con mi mujer! Un saludo grande.